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Semblanzas que regocijan el alma, en el libro “Los nombres de la hierba” de Ramón Minieri

 El arte literario de la amable semblanza (segunda acepción del diccionario de la RAE: “bosquejo biográfico”) va quedando en el olvido. Parece que estos agrietados tiempos en los que transcurre nuestra existencia inclinan las preferencias de autores y lectores hacia un análisis venenoso de la vida de las personas, en esos libros que debajo del título de poderoso gancho comercial anuncian que se trata de la “biografía no autorizada” de tal o cual personaje de cierta notoriedad.

Esta obra que nos ocupa, “Los nombres de la hierba”, de cuya autoría se responsabiliza el versátil polígrafo Ramón Minieri (ver nota al final) rescata las amables semblanzas referidas a un variado conjunto de personas conocidas y frecuentadas por el escritor, en diferentes momentos de su vida. Hay un trato afectuoso hacia todos ellos, con descripciones que nos llevan a la sonrisa y relatos de circunstancias que resultan muy interesantes, y también divertidas.

Minieri ha puesto sus ojos sobre mujeres y hombres de disímiles procedencias, en una especie de amplio catálogo humano. Un rico muestrario de personalidades de todo tipo que por algún motivo han dejado huellas imperecederas en una  “suerte de telar memorioso confeccionado con estampas y anécdotas que se despliegan en el tiempo y el espacio; desde las postrimerías del siglo XIX hasta nuestros días, en Tandil, Juárez y Vela; Bahía Blanca y Cordoba; Viedma y Rio Colorado” tal como se advierte en la contratapa del volumen.

En un breve prólogo Minieri dice que “este libro habla de personas comunes; pequeñas gentes que hacen y rehacen sus vidas y sus obras en medio de los embates del tiempo. Como las hierbas, que con su modesta porfía sostienen la existencia de todas las demás criaturas”.

Puntualiza también que “he creído necesario hacer nombres, los suyos, como para salvar por un tiempo algunos de los hechos y rasgos, antes de la segunda y definitiva muerte: el olvido”.

Este comprometido y respetuoso rol de nombrador , que ya le hemos conocido en otros trabajos, prestigia a Minieri entre un calificado conjunto de cronistas patagónicos que dejan testimonio de sus valoraciones acerca de las gentes que han tenido la suerte de conocer y tratar. Y en el cariz de esas valoraciones podemos advertir, por natural deducción, la calidad humana de este cuidadoso germinador de palabras bien escritas afincado desde hace muchos años en Río Colorado, donde ha obtenido su carta de ciudadanía.

El criterio de selección de Minieri para trazar las referidas semblanzas ha sido particularmente heterogéneo. Es por ello que transitar por las páginas del libro nos regala sorpresas, a veces singulares e inquietantes como el capítulo referido al cementerio, escrito en versos libres, donde traza hipótesis sobre las vidas previas a la quietud impuesta por la lápida y desarrolla un  vano intento de inventario  sobre “las hojas muertas” de los padrones electorales.

Un misterioso huésped, posiblemente un perseguido político que se oculta en un remoto establecimiento de campo; Emilio Pioppi, el socialista que escribió aquel  libro sobre verdades ocultas en la sociedad de Río Colorado, cuya edición fue totalmente enterrada en un pozo; Ramón Zubeldia, el anarquista, y su reloj de hora invariable a pesar de los antojos gubernamentales; Francisco Zaragoza, el domador de caballos que tres veces desertó del servicio militar obligatorio, porque no soportaba restricciones a su espíritu libre; otro anarquista, Vicente Beltrán, que vendía libros “de la Idea” en los pasillos de la Universidad del Sur; Tránsito Painefil, peón y capataz de estancias británicas en Río Negro; Pichón Sorbellini, el carnicero solidario de Río Colorado… son algunos de los retratados.

Hay dos de estas breves biografías del libro que me parece oportuno destacar.

Una es la del obispo de Neuquén, Jaime de Nevares, a quien Minieri conoció como director del colegio Don Bosco de Bahía Blanca, y por entonces asistió como “secretario” siendo apenas un pibe de once años, alumno de cuarto grado. Después de narrar los momentos principales de su carrera eclesiástica y consagración como obispo el autor sostiene que “acá en el sur lo teníamos muy presente por su efectivo trabajo a favor de las comunidades mapuches y frente a los abusos, de gobiernos militares tanto como civiles, contra la vida y las personas. Se lo había barnizado con una trivial fama de obispo rojo. El color rojo de don Jaime era el de un corazón pleno de caridad, de amor a las personas concretas.”

Otra estampa particular es la de Pedro Ferreyra, el indio anarquista, donde Minieri toma material de un trabajo del cronista Guillermo David (el autor de “El indio deseado”, reveladora biografía de Ceferino Namuncurá) y pone en recuadro las alternativas de la azarosa vida de este hombre nacido de la unión entre una mujer blanca cautiva y aquerenciada en los toldos mapuche y de un hijo del cacique Catriel, que siendo muy joven se enroló en la guerra de los granjeros boër contra el Imperio Británico (siguiendo la Idea del anarquismo, también) y después de peleas, heridas y andanzas mafiosas, volvió a Río Colorado para terminar sus días como cocinero en la estancia de Colonia Juliá.

Fiel a la línea que impuso a su recopilación, donde lo sobrenatural coexiste con lo más cotidiano de las vidas humanas más sencillas,  Minieri completó su libro con un relato que no tiene a una persona de carne y hueso como protagonista, sino al legendario Árbol del Gualicho,  que no era uno solo sino que se multiplicó por la pampa tehuelche-mapuche, alentando creencias mágicas y sustentando la dura existencia de pobladores originarios. En referencia a uno de esos árboles, el que se erguía en cercanías del río Colorado (el curso fluvial, no el pueblo) cuenta que en 1990 resultó destruido por la caída de un rayo y ya caído, sin poder escapar al destino trágico,  su madera sirvió como leña. Finaliza Minieri diciendo que “después sucedieron aquí muchos desastres, quizás más que en resto de la Nación.  Le sugerí a los gobernantes locales que buscaran un retoño del árbol y lo replantaran. Por supuesto, comprendieron que era una locura mía, y eludieron amablemente la cuestión. Así fue como nos quedamos sin el árbol numinoso.”

De esta forma, a lo largo de 121 páginas impresas, en el marco de la colección “Huellas textuales” de Ediciones Patagonia Escrita, de Bariloche, Ramón Minieri nos hace conocer, admirar y querer a una treintena de sujetos que navegaron por la vida con suerte diversa, pero dejaron improntas de coraje, amor, solidaridad, inteligencia, y otro montón de valores. Semblanzas que regocijan el alma, sobre todo en estos tiempos cuando las ideas mejores no siempre superan  la hora dela caída del sol.

Nota: aunque la calificación de ”versátil polígrafo” suene a lugar común, de esos que se incluyen en los epitafios sosos de la prensa solemne  (y éste no es un epitafio ni hay solemnidad en esta forma de prensa) me parece que es lo más adecuado que se puede decir de un escritor como Ramón Minieri que tanto se ha metido en la historia de los latifundios ingleses en la Patagonia (“Ese ajeno sur”), como los relatos costumbristas (“Casos de Villa Intranquila” y “Sombras de Valle Hondo”) como con la poesía de sonidos nuevos y profundos (“Libro de la Sal”, “Suma de cinco artes” y otros).

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