Por Alicia Miller: El resultado en Regina y las medias verdades hacia la gobernación

Carlos Vazzana le dio el triunfo al Frente para la Victoria en Villa Regina, en una elección que captó la atención nacional casi al mismo tiempo en que el partido Justicialista nacional era intervenido y varios de los dirigentes de esa fuerza se veían en problemas ante la Justicia.

Martín Soria –intendente de Roca y presidente del PJ rionegrino- celebró el éxito como un hito en su camino a la gobernación provincial en 2019. Y hasta Cristina Fernández de Kirchner y José Luis Gioja sumaron su optimismo.

En porcentajes, el candidato del PJ obtuvo algo más del 37%, Marcela Ávila de Juntos Somos Río Negro alrededor del 29%, y Carlos Rodríguez de Cambiemos un 23%. La izquierda, con Norma Dardik, mantuvo su tendencia habitual del 7%.

El Frente para la Victoria invoca el mérito de haberle ganado “a dos oficialismos”: al nacional de Cambiemos y al provincial de Juntos.

Desde la vereda opuesta, el gobernador Alberto Weretilneck evita hablar de los votos que perdió su sector. En lugar de eso, asegura que la de Regina fue “una elección local” y que no hay razón para que sus resultados se repliquen en comicios generales de otro nivel en el futuro.

Y Cambiemos celebra su crecimiento respecto de los últimos comicios municipales.

Todos esgrimen una parte de la verdad, aun cuando ésta sea bastante más compleja.

El punto es ver quién está en mejores condiciones hacia la disputa provincia en el 2019.

El Frente para la Victoria tiene la ventaja lógica de quien es opositor: puede criticar y prometer. Soria se mueve cómodo en ese rol, y le añade el mérito de una gestión local con superávit, obras públicas y cuentas ordenadas con buen nivel de cobro de tasas de servicios.

Juntos tiene a su favor que maneja el Estado rionegrino y sus recursos económicos y publicitarios. Pero su potencia está en baja y le será difícil revertir esa tendencia si no consigue convencer a un amplio sector del electorado de que su partido no fue una salida de ocasión sino una necesidad actual y futura.

Su poder de atracción era alto cuando, tras la muerte de Carlos Soria, tenía un futuro por delante en base a la legitimidad de su condición de vicegobernador electo. Si en aquel momento era lógico que los peronistas lo acompañaran en la gestión, su deseo de liberarse de condicionamientos provocó fugas y enfrentamientos.

Así, Pedro Pesatti no dijo que no cuando la vicegobernación cayó en sus manos, aun cuando eso le valiera las críticas de sus compañeros en el peronismo, el partido en el que militó prácticamente desde que era un niño.

Hoy, no es el único que mira las cartas volcadas sobre la mesa. Y es de suponer que no dudaría en cruzar el alambrado si Juntos llevara las de perder y Martín Soria se mostrara en condiciones de llegar al gobierno.

Lo mismo podría decirse de otros peronistas que integran el gobierno, pero también de aquellos radicales que tienen sus pies en los despachos oficiales pero sus ojos puestos en Cambiemos.

La lealtad, se sabe, es una palabra con múltiples significados en el léxico de la política. Y, el poder, un catalizador de acción rápida.

Así, Juntos puede consolidarse o desgranarse, según logre un mayor o menor poder de convicción sobre su propia naturaleza y destino frente al resto de las opciones vigentes.

En ese escenario complejo, obtener el segundo lugar fue la única buena noticia que recibió Weretilneck esta semana. De algún modo, esto le da un mayor margen de maniobra a la hora de sentarse a dialogar con propios y extraños.

Cambiemos viene de ganar la elección parlamentaria del año pasado –aun cuando entonces fue determinante el efecto arrastre de las listas nacionales- y puede pensar en un crecimiento hacia adelante. Sergio Wisky recorre la provincia y fortalece vínculos, y su principal impulso es su estrecha relación con el gobierno nacional. Aunque esto también tiene un riesgo, ya que liga su imagen a la expectativa de que el macrismo logre mejorar las condiciones generales de la economía y el humor de quienes padecen la inflación, el aumento de tarifas, el desempleo o la presión impositiva. Y esto ubica el rango no sólo en los que menos ganan sino también en el empresariado pequeño y mediano.

En definitiva, las cartas están sobre la mesa, los jugadores se conocen y se miden, pero el mazo hoy está en manos de Weretilneck.

Él tiene todavía la posibilidad de modificar el Código Electoral para crear en Río Negro la figura del ballotage con el objetivo de lograr una segunda chance al polarizar una elección que hasta ahora se muestra como una disputa de tres fuerzas comparables.

Y tiene la facultad para elegir la fecha de las elecciones de gobernador, que le permitiría usar a su favor el arrastre –si va en alianza con Cambiemos- o bien la autonomía, si opta por mantener su postura provincialista.

La política sigue en su difícil tarea de construir y construirse, en un constante movimiento de piezas sobre el tablero.

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