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La historia de Ludmila Brzozowski que resiste cinco minutos y medio debajo del agua y sueña con competir a nivel mundial

Ludmila Brzozowski fue a un curso de buceo en 2012 y descubrió su pasión. No era el buceo, era la apnea deportiva. “Dentro del curso de buceo había un módulo sobre apnea y me fascinó. Desde ese momento acomodo mi vida para poder practicarlo”, le cuenta a LA NACION. La apnea es una especie de “buceo libre”, sin tanques de aire ni esnórquel. En definitiva, se trata de aguantar lo máximo posible debajo del agua, con una sola inspiración.

Ludmila la práctica le rindió sus frutos: en pocos años rompió los récords argentino, sudamericano y panamericano. En 2016, terminó el año como número 17 del ranking mundial, y ya es la mejor argentina en la historia del deporte. Puede nadar 142 metros sin respirar, o aguantar cinco minutos y medio debajo del agua con una inspiración. Ahora, busca apoyo financiero para poder participar del mundial de este año, que se va a realizar en junio, en Italia.

“Y en 2017 se realizó un Panamericano, pero no pude competir por falta de fondos. La apnea es un deporte controvertido. Quizás muchos piensan que es demasiado riesgoso. No ven la preparación que implica todo esto. Pero esta vez me propuse, no por mí, sino por la disciplina, tratar de obtener el reconocimiento de la Secretaría de Deportes de la Nación. Aunque me den dos pesos, no importa. Esto es algo para abrir puertas” agrega.

Zona peligrosa

La historia de Ludmila con el agua empieza de muy chica, a los cuatro años, y de una manera un tanto brusca. “Yo era una nena muy tímida. Y en el agua me sentía liviana, libre. Me acuerdo perfecto cómo empecé. Cuando era chica, mi familia me llevaba a piletas para acompañar a mi hermana, que nadaba. Y a mí me ponían en esas piletas chiquitas, porque, bueno, era chica. Pero me atraía mucho la pileta grande. Una vez, me escapé de la pileta para chicos y me metí en la grande, sin que me vea el guardavida. Yo iba agarrada al borde de la pileta, escondida. Llegué a la línea roja que marca la zona peligrosa y me solté. Y ahí, sola, aprendí a flotar. Duré 5 segundos antes de que me saquen y me reten. Pero a partir de ahí me mandaron a aprender a nadar. No les quedaba otra”, cuenta.

Un entrenamiento de Ludmila

Ludmila siguió con la natación hasta los 16 años, y no le fue mal: compitió y se destacó en diferentes estilos, a nivel provincial. Durante los entrenamientos, además, practicaba un desafío que años más tarde le iba a ser muy útil: jugaba a nadar piletas enteras por debajo del agua.

Sin embargo, hacia fines del secundario, abandonó la pileta. Se inscribió en la carrera de arquitectura y su vida cambió radicalmente. El cambio no le sentó del todo bien. “Esa época me afectó mal. Estaba deprimida, largué la carrera y llegué a pesar 110 kilos. Ese fue el momento en que algo dentro de mí hizo clic, igual. Hubo un cambio interno. Después de un tiempo, volví al deporte y bajé 45 kilos. Pero fue difícil, al principio me daba vergüenza salir a caminar o acorrer alrededor de casa”.

Relax y lucha

Con su voluntad recuperada y un nuevo sentido disciplina, Ludmila volvió al agua y, años después conoció la apnea. “En 2013 organizaron un torneo de apnea en Puerto Madryn. Yo había practicado un poco. Fui y rompí todos los récords argentinos. Desde entonces no paré”, dice.

Ludmila durante un entrenamiento
Ludmila durante un entrenamiento Crédito: Miguel Armengual

El entrenamiento para apnea es similar al de natación. “Con un agregado importante: hay que acostumbrar al cuerpo a tolerar la mayor cantidad de dióxido y ácido láctico posible. Y regular el oxígeno”, dice Ludmila. Es que, como dice la deportista, practicar apnea se siente como un auto encendido con el caño de escape tapado. “Vos tenés oxígeno que se consume y se genera dióxido en sangre. Y el cuerpo lo entiende como estado de supervivencia. Quiere expulsar el dióxido, pero no lo puede descargar”, explica.

Según cuenta la apneísta, hay dos etapas en la práctica de la apnea. “Hay una primera etapa que es de relax. Vos ralentizás las pulsiones, estás relajada, tranquila. No te falta oxígeno. Y empiezan las primeras señales: las contracciones, quedarcan exceso de dióxido. Experimentás contracciones en los músculos, en el diafragma”, dice Ludmila.

Récord panamericano de Ludmila

Y entonces entrás en la segunda etapa. “La segunda etapa es de lucha. El cuerpo se queda sin oxígeno y es más difícil interpretar estas señales, una vez que dominaste las primeras. Una parte de vos dice salí de acá, andá a casa, y la otra dice seguí adelante, vos entrenaste para esto. Después de un tiempo, los problemas y las complicaciones se diluyen. Y se siente mucha soledad. Pero una soledad buena, que yo disfruto mucho. Estas conectado con vos. Hay mucha concentración. Sentís tu cuerpo. Escuchas el latido de tu corazón”.

La campaña

La Federación Argentina de Actividades Subacuáticas nunca antes había pedido fondos para un mundial. Ahora lo hará. Para acompañar el pedido, Ludmila realiza una campaña para visibilizar el tema por redes sociales, sobre todo en Twitter e Instagram.“Me quedo hasta las 3 de la mañana mandando cartas. Intentando ubicar al CEO de algunas empresas, o a algunos funcionarios. Me puse como plazo hasta fines de febrero para intentar lograr apoyo. Los otros meses son más exigidos desde el entrenamiento. Y no puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo. Hay mucha incertidumbre sobre si llego al mundial, pero tengo mucha esperanza”, dice Ludmila.

La deportista busca participar del mundial de apnea deportiva que se realizará en junio, en Italia
La deportista busca participar del mundial de apnea deportiva que se realizará en junio, en Italia Crédito: Sophie Maes

Además, le propuso a la Asociación Civil “Por los chicos” que cada metro que haga bajo el agua en la competencia se convierta en un litro de leche o meriendas para un comedor u hogar infantil.

Por fuera del mundial, Ludmila se propuso comenzar a entrenar nuevos apneístas argentinos. Es que, si bien la apnea deportiva es una disciplina individual, los compañeros son importantes. “Una vez me pasó lo que llamamos blackout. Después de mucho tiempo debajo del agua, el cuerpo deja de enviarte señales de riesgo. Podés perder la conciencia. El cerebro se apaga para preservar el mínimo oxígeno que le queda, y te podés desvanecer. Es un sentimiento raro. Antes del blackout había logrado un estado de paz y bienestar absolutos”, recuerda. “Sentía la gente arriba del agua; yo, abajo. Me sentía protegida por el agua, como en un refugio, pero a la vez en total libertad. Sentía una felicidad plena. Pero es un sentimiento engañoso. No podés quedarte ahí. “, detalla, y añade: “Por suerte, la apnea se practica siempre acompañada, siempre de a dos. Me salvaron mis compañeros, que me sacaron del agua a tiempo”

 

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