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Como ovejas al corralón: Hace quince años se mantenía atrapados los depósitos en dólares

Si el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra, el ahorrista es el que la pateará una y otra vez con tal de conseguir un puntito más en la tasa de interés. Así lo demostraron hace quince años muchos de los argentinos que en ese entonces todavía boyaban por los juzgados para recuperar sus dólares atrapados y pesificados en el Corralón bancario, cuando el lunes 3 de febrero de 2003 las entidades comenzaban a devolver la plata a una paridad de $ 1,40 pesos por dólar. Eso, sumado al CER (Coeficiente de Estabilización de Referencia) y a los intereses acumulados, daba más o menos $ 2 por dólar, cuando el billetito verde ya cotizaba a $ 3,23.

De los ahorristas que se negaron a aceptar ese trato unilateral y confiscatorio, gran parte recurrió al amparo judicial para recuperar su plata, mientras que otros se quedaron a la espera de un fallo que declarara la inconstitucionalidad. Pero los que sí aceptaron el dinero… ¡abrían nuevos plazos fijos! Cosas vedere que non credere, como diría Don Quijote.

Sé lo que hiciste el verano pasado

Antes de seguir hay que recordar que el “Corralón” sobrevino a su hermano menor, el “Corralito”, un instrumento desesperado del que echaron mano el presidente Fernando De la Rúa y su ministro de Economía, Domingo Cavallo, el 30 de noviembre de 2001. Con una espectacular fuga de depósitos y con la magra situación económica por la que atravesaba el país, Cavallo anunció que a partir del día siguiente se fijarían límites de extracción diaria de dinero de todos los depósitos para evitar una corrida, y dejó a los argentinos con los ojos como el dos de oro.

Acerca de quién bautizó al Corralito, el consenso indica que fue el periodista económico Antonio Laje, por entonces columnista del programa de Daniel Hadad. Así lo contó él mismo y hasta hoy nadie lo ha refutado.

En realidad quién lo bautizó no importa tanto. Lo cierto es que, tras algunos días de saqueos y descontrol, De la Rúa renunció el 21 de diciembre de 2001 dando inicio a una seguidilla de presidentes que asumían y reculaban. Uno de ellos, Adolfo Rodríguez Saa, aceptó el desafío y tuvo su minuto de gloria anunciando el default, pero ocho días después tuvo que irse por donde vino y finalmente el trono se lo quedó Eduardo Duhalde, el único que sonreía como loco en aquellos días negros.
Lo que vino fue vertiginoso. La Corte Suprema declaró la inconstitucionalidad de todo, Duhalde le retrucó ratificando todo por decreto, empezaron los amparos judiciales para recuperar la plata, Remes Lenicov propuso un canje compulsivo y se tuvo que ir abucheado por todos, hasta que llegó Roberto Lavagna. Todo en seis meses.Al comenzar enero de 2002, a Duhalde y a su ministro Jorge Remes Lenicov se les ocurrió un chiste todavía mejor para los argentinos, que dio lugar a una de las más grandes licuaciones de pasivos del país. Nacía el “Corralón”, donde iban a quedar prisioneros y pesificados los plazos fijos en dólares.

En junio el nuevo ministro de Economía lanzó un canje voluntario de depósitos por títulos públicos en dólares a 3 y 10 años y, meses más tarde, un segundo canje por bonos a 11 años. En octubre liberó los depósitos del Corralón de menos de $ 10.000 y cuando ya se tapaba los ojos para no ver el desastre, pasó lo impensado: el 70% de los fondos eran nuevamente depositados en los bancos. Las sorpresas de la vida.

Después de un año vigente, el corralito concluyó oficialmente el 2 de diciembre de 2002 dejando un tendal de infartados, psicóticos y amargados crónicos, además del Corralón. También dejó, para que se imprimiera en la historia, todo un diccionario de rarezas financieras:

-CEDRO: una de las opciones para el ahorrista era aceptar el Certificado de Depósito Reprogramado.

-BODEN: otra opción eran los bonos del Estado, dos títulos en dólares -a 3 y 10 años- y un tercer bono en pesos a 5 años.

-Patacones y Lecops: no fueron producto del corralito en sí, pero son de la misma época de malaria. Aunque parecían billetes del juego El Estanciero, eran bonos equivalentes a un peso convertible. Con ellos el gobierno pagaba sueldos y planes sociales y la gente los podía aplicar al pago de impuestos y a comprar en comercios.

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-CER: este coeficiente se creó para actualizar cuotas de préstamos y deudas según la variación de los salarios. Es el único instrumento que sobrevivió a la hecatombe.

 

Todo pasa

Para cuando llegó febrero de 2003 y se abrió lo último que quedaba en el Corralón, los banqueros ya sabían que los clientes -aunque todavía furiosos- no se irían sino que con el dinero que obtuvieran volverían a armar plazos fijos tentados por el retorno en pesos y porque hacía meses que el dólar estaba calmo. Pronto vieron una “buena respuesta de la gente” y que muchos dejaban sus ahorros. Así se lo dijo a Clarín Carlos Martínez, gerente de Comunicaciones de la Banca Nazionale del Lavoro. Solo había pasado un año de la revuelta en Plaza de Mayo, de la huida en helicóptero y de los cacerolazos.

La salida definitiva del Corralón tomó cerca de un año más y los más perjudicados fueron los que se sentaron a esperar confiando en que la Justicia haría justicia, valga la redundancia. Pobrecitos. A fines de 2006, la benemérita Corte Suprema ratificaría el vandalismo de la pesificación y daría por concluido uno de los capítulos más bizarros del vasto prontuario financiero argentino.

Y aquí estamos quince años después, peleándonos el tercer martes de cada mes para agarrar Lebacs. Una historia con final abierto.

 

 

J. Tanos: