Casa Aznarez: una rica historia comercial y de fieles empleadas

“Casa Aznarez” cumple 120 años de vida en Río Colorado transformándose en uno de los pocos comercios que con más de un siglo de existencia mantiene sus puertas abiertas, sosteniendo el espíritu y la guía que trazaron sus fundadores.

Los enormes y polvorientos libros históricos de 1902 señalan que todo empezó en un pequeño galpón levantado enteramente de barro, frente a la estación del ferrocarril a principios del siglo pasado.

Por entonces, Joaquín Aznarez comenzó con la venta de mercaderías de ramos generales. En todo este tiempo las estructuras del salón comercial fueron mutando, ampliándose y hasta cambiando de dirección.

Por la firma pasaron más de 300 empleados, muchos que comenzaron desde muy jóvenes y terminaron jubilándose en el lugar. Entre ellos se destacan tres mujeres que hicieron una importante historia dentro de la empresa, cumpliendo más de 40 años de servicio sin faltar un día a su puesto de trabajo.

Renacer de las cenizas


Inclusive en momentos difíciles como fue el incendio que destruyó las instalaciones el 26 de febrero de 1968 ayudaron a la reconstrucción.

El incendio de 1968 que destruyó por completo las instalaciones de Casa Aznarez.


Nancy Iriarte, Lidia Robledo e Irma Castañeda llegaron a completar unas 11.000 jornadas laborales sin ausentarse un día de su lugar de trabajo y, a pesar de que están jubiladas, cada tanto siguen pasando por el comercio y rememorando algunos momentos de lo vivido en el lugar.

Nancy ingresó a los 18 años, y pese a no tener experiencia previa se presentó al enterarse que la firma buscaba empleada. Luego de una simple prueba fue contratada para ocupar un sitio en el sector tienda.

“Cuando llegué no sabía nada, los patrones me enseñaron todo, a trabajar, a respetar a la gente y la educación que se debía tener para atenderlos. Esta fue mi segunda casa, donde todos éramos una gran familia y daba gusto venir cada día a trabajar”, reseña Nancy. El tiempo la llevó a convertirse en una de las mejores vendedoras.

Luego del incendio Casa Aznarez comenzó a trabajar en otra ubicación con ayuda de toda la comunidad y sus empleados/as.


“Había momentos que tenía colas de gente esperando que me desocupara para que las atendiera y veía que algunas compañeras estaban desocupadas. Inclusive los vendedores que traían mercaderías me buscaban a mí y si me veían ocupada se iban y volvían más tarde”, cuenta Nancy.

A pocos metros de la tienda había oficinas que estaban mayormente con sus puertas cerradas, con varios escritorios donde trabajaban un “batallón” de contadoras.

“Teníamos muchísimo trabajo porque teníamos que escribir y sumar a mano todas las ventas del día que eran muchísimas. Y cuando cerrábamos la caja del día el balance tenía que ser exacto. Los patrones eran muy estrictos y cuidadosos con la administración”

Lidia, ex empleada de Casa Aznarez.

Entre ellas estaban Lidia Robledo e Irma Castañeda, responsables de volcar en los enormes libros las ventas, las cuentas corrientes, la administración del día del comercio.

“Teníamos muchísimo trabajo porque teníamos que escribir y sumar a mano todas las ventas del día que eran muchísimas. Y cuando cerrábamos la caja del día el balance tenía que ser exacto. Los patrones eran muy estrictos y cuidadosos con la administración”, cuenta Lidia.

“No sabés las veces que tuvimos que quedarnos hasta más tarde porque en las cuentas nos sobraban o faltaban centavos”, agrega.

Lidia recuerda que “eran jornadas agotadoras, se nos llegaba a acalambrar la mano escribiendo y sumando, porque todo se hacía a puño y letra”.

«Esta fue mi segunda casa, donde todos éramos una gran familia y daba gusto venir cada día a trabajar”.

Nancy, ex empleada de Casa Aznarez.

Inclusive repasa que en algún momento “los clientes tenían tanta confianza con los dueños que venían y pagaban toda la deuda y dejaban el resto del dinero para que se los guardaran, cuando necesitaban efectivo venían y retiraban. Además de comercio, las familias utilizaban a la firma como si fuera un banco, pero con una diferencia, jamás se les cobró comisiones o intereses”.

De niño travieso a socio gerente


Durante el extenso y rico encuentro entre Nancy y Lidia donde no faltaron risas, historias y algunos pasajes de cuando eran compañeras de trabajo, se encontraba Gabriel Prieto, hijo de los fundadores y hoy convertido en socio gerente y también el alma innovadora de la Casa Aznarez.

Lidia, Nancy y Gabriel en las instalaciones actuales de Casa Aznarez.


Las ex empleadas vieron crecer a Gabriel, a quien lo recuerdan con amor y no dejaron de traer a la memoria las distintas travesuras en la tienda y los desórdenes que hacía desde pequeño en los distintos depósitos.

Y al final del encuentro, antes de las despedidas, las mujeres casi a dúo y como si fuera un ruego, le dijeron: “Gabriel, por favor seguí poniéndole toda tu fuerza a este negocio, nunca lo dejes y recordá todo lo que permanentemente remarcaba don Ignacio Prieto, todo esto es más que un comercio, acá adentro hay una historia muy importante de Río Colorado, que nadie imagina.”

Y antes del beso de despedida Gabriel les contestó: “Me crie acá, corrí y jugué entre estas paredes y a pesar de que hoy esté todo muy difícil, les garantizo que voy a seguir apuntalando esto hasta mi último aliento”.

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