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Facebook da para todo! violencia de género oculta a través de la red

Muchas son las advertencias que habitualmente hace la gente de “buena leche” acerca de los riesgos de “engancharse” con desconocidos en las redes sociales, sobre todo Facebook, la más utilizada por personas de todo sector etáreo, social, cultural, profesional y hasta político –el propio Gobernador de la Provincia escribe en Facebook su estado todos los días-, policial -tal el caso de El Delitómetro-, los medios de difusión, sobre todo radiales, utilizan Facebook para difundir su programación o incentivar a los oyentes a publicar allí su opinión, sus “saluditos”, su participación en sorteos, etc. Los comerciantes promocionan precios, servicios, productos… Las ideologías y posturas respecto de temas de actualidad son expuestas libremente en Facebook: sí o no a la minería, sí o no a la Policía, sí o no a la Presidente de la Nación, sí o no a los Wachiturros (espero se escriba así) y también la violencia de género oculta en las redes.

Palabras que muy eventualmente formaban parte de nuestro vocabulario y otras que ni siquiera existen, se nos han vuelto de uso cotidiano: muro, perfil, estado, posteo, enlace, notificación, privado, eventos, aplicaciones, etiquetar, compartir, bloquear, eliminar… Y he aquí, finalmente, el tema que me ocupa: el riesgo. El peligro que permanentemente acecha, proveniente de mentes perversas que encuentran en este espacio una herramienta única para llevar a cabo diferentes acciones de características miserables y pasibles del mayor desprecio por parte de quienes encontramos en FACE hasta una buena compañía para nuestra soledad, para quienes nos reencontramos con viejos amigos, para quienes mantenemos contacto con nuestros hijos que están fuera de casa, para quienes nos hacemos casi íntimos con el más perfecto desconocido que resultó convertirse en el mejor amigo y que tal vez jamás le veremos la cara más allá de su patética fotito de perfil. En fin, para quienes somos usuarios consuetudinarios y de buena fe de este adictivo “libro de caras”. No voy a hablar de pedofilia, de menores engañados, de productos truchos, de identidades falsas con propósitos agraviantes y ofensivos. Todo esto y más, que también coexiste en la red con los “hombres de buena voluntad”, es tema que me excede en conocimiento. Sólo lo rotulo como delito y lo dejo para quienes puedan extenderse en tan delicadas cuestiones. Mi único propósito en esta nota es el de denunciar públicamente a través del medio que considero apropiado (por otra parte uno de los más visitados de la comarca y buena parte de la provincia de Río Negro): El Delitómetro, de mi buen amigo Alejandro (a quien también, como están suponiendo conocí a través de Facebook y con quien me une otro tema cuya importancia trasciende el orden personal y que, cuando “lo encontremos” oportuno, haremos público. Verdad Alejandro? En esta ocasión y porque ya es demasiado el tiempo que guardé silencio, a pesar de haberlo escrito entre líneas en varias oportunidades, sin mencionar nombres, detalles, modus operandi, me referiré a una historia que me ocurrió hace unos meses y que me dañó profundamente. En fin, que mientras no desatiendo mis notificaciones, las actualizaciones de estado de mis amigos, la foto que acaba de compartir Fulano, el enlace de Mengano, el “último momento” de El Delitómetro, escribo esta “novela” de la vida real: No era por entonces demasiado asidua navegante de la red. Últimos días de agosto de 2011. Generalmente los domingos desde muy temprano me sentaba frente a este aparato atrapa coco y mi mayor interés era cobrar los alquileres de “Citty Ville” y seguir extendiendo mi ciudad, creativamente denominada por mí “Rayo´s Citty”, hoy convertida en fantasma sin turistas y ya sin habitantes, supongo. Venía viendo desde un tiempo considerable cómo un reconocido médico veterinario de Bariloche, a quien conocía muy “por encima” ya que había trabajado en mi pueblo de la Línea Sur, contratado por el Estado para la esterilización de canes, poco tiempo antes de mi partida a La Comarca. Me llamaba mucho la atención la buena música que casi compulsivamente compartía este señor en FACE… Un repertorio variado y de muy buen gusto, uno tras otro, tras otro, tras otro el doc. de animalitos subía desde Youtu al mundo… Muchas veces había levantado yo el famoso dedito del “me gusta” en canciones de José Larralde, Silvio Rodríguez, Julia Zenko y otros. Todavía pienso en qué fatal momento, una mañana de domingo se me ocurrió escribirle un muy breve mensaje privado, algo así como “disculpe, sólo para decirle que me encanta la música que sube…” La respuesta no se hizo esperar y el buen señor respondió “algo así” como: “Gracias. He visto que me seguís”. Y acompañando la tan normalita frase: “yo, sin pedirte disculpas, te digo que me gustaría conocerte…” Buenoooo, yo, mujer sola, vulnerable a mi edad con los halagos, recontra cag… a golpes por esas cosas que “son las cosas de la vida son las cosas del querer…” me fui rápidamente a mirar sus fotografías (jamás lo había hecho y aunque recordaba perfectamente su nombre: H. V., su rostro se me había desdibujado por completo de la memoria. Me gustó. Confieso que me gustó. 56 años (ahora 57), separado, profesional graduado en la UBA, padre de cuatro hijos (o tres? Ya no recuerdo), aparentemente culto, educado, agradable, sensible, romántico y de muy buena apariencia en las fotografías. La relación perfecta, la que busqué durante toda mi vida -pensé- y me dejé llevar por esa melodía que sonaba tan bonita, por esa letra tan sensible de Alejandro Figlio (uno de sus preferidos a la hora de “atacar”), prolijamente enviada en privado: “Que si me Miras Bien” (sugiero a los lectores buscarla en el indispensable youtu y escucharla… irresistible)

Comenzamos un diálogo encantador de ida y vuelta por mensajes privados que terminó con el consabido pase de números de teléfono…

Con mi bendita costumbre de la confianza absoluta, no percibí algunas señas que delataban ya en los primeros días su verdadera personalidad: prohibido publicar en su muro nada que pudiera parecerse lejanamente a una relación personal, prohibido terminantemente hablar de esa incipiente relación con nadie, prohibido llamar (sólo él lo hacía), prohibido mencionar su nombre en mis comentarios, prohibido preguntar, prohibido… “Soy muy reservado” -decía permanentemente- “soy tímido…”

Aceptadas las extrañas reglas de juego de dos personas solas y adultas, que no me extrañaron en su momento, llegó el día de conocernos. Sucedió en un pueblo intermedio entre Bariloche y una ciudad de la costa rionegrina, en una “pausa” que hizo para estar conmigo un día entero y seguir luego su viaje a esa ciudad, donde también trabajaba.

Allí fui, por primera vez en mis 50 años a arriesgarme a la aventura de un idilio facebookero…

Bueno, ni tan “buen mozo”, ni tan sensible, ni tan culto…. Sí extremadamente atento y sobre todo aburridor en su incontinencia verbal acerca de sus propias virtudes, sus propios pesares, sus propias…fantasías? Y absolutamente intolerable en su concepto acerca de los demás. De TODOS los demás, catalogando de “pelotudos” todo el tiempo a colegas; gobierno saliente, entrante, “perdiente”, pendiente…; abogados, jueces, periodistas, escritores… todos pelotudos importantes.

No sé qué cosa me narró en detalle y en primer lugar, acerca de su salud, un aparente cáncer que… (Que utiliza como una herramienta más para inspirar lástima en quienes nos subimos a sus artimañas!) advirtiéndome antes de iniciar el relato “ya pasó eh, pero…”

No escuchó, estoy segura, nada de lo que intenté contarle acerca de mi vida. No le interesaba supongo…

Todas alertas que tampoco vi, tan metida estaba en superar mi ansiedad, en dominar mis impulsos y mis pensamientos… Ese hombre me gustaba. Mucho. Conociéndome, podía prever lo que me esperaba: un intenso enamoramiento de alguien que vive lejos, largas horas esperando un llamado, eternos días esperando un nuevo encuentro, no. Definitivamente a poco de estar con él supe que una relación así sólo me traería más dolor, más ansiedad, más expectativas que realidades. Decidí vivir ese día tratando de hacerlo lo más corto posible y ya no más…

Igualmente larga y agotadora resultó la faena previa al acto sexual que nuca ocurrió. Remador el hombre. Muy. Pero sólo eso. “Suele ocurrirme la primera vez, me pongo nervioso” me dijo… le resté importancia al caso, a esta edad –pensé- un orgasmo no es lo más significativo. Aunque sí confieso que me llamó la atención que también el segundo y hasta el tercer intento falló, de modo que no debe haber sido cierto aquello de los nervios de “la primera vez”. Ahora me dicen “los que saben” que los hombres que practican la masturbación de manera cotidiana son, luego, impotentes… no lo sé. Ya no importa.

A medianoche lo único que yo ansiaba era dormir. Pero nuevamente mis eternos arrebatos me llevaron a hacer la estúpida pregunta: “¿qué te pareció la jornada?”

“Me gustás mucho, mucho, mucho –dijo- y quiero verte siempre, siempre, siempre.” Ah la pelotita! Tragué saliva y en un acto de arrojo, ya enamorada para toda la vida, respondí “algo así” como “y no, mirá yo a esta altura no estoy para tener un amante a 1000 Km. de distancia que no sé cuándo volveré a ver y además…” en fin, juro que no recuerdo qué cosas dije que tanto molestaron a este buen hombre que inmediatamente montó una escena de dolor, de bronca, de casi llanto…

A las seis en punto se levantó, gentilmente me trajo un mate a la cama y se marchó en silencio. El golpe de la puerta al cerrarse tras su partida me rebotó en el alma. Desde ese instante comencé a extrañarlo… Regresé desolada a casa, le escribí, le rogué, le pedí perdón de todas las maneras posibles. Uhh que se hizo rogar el ofendido galán hasta aceptar mis disculpas por mi tan “agresiva” conducta al pronunciar aquellas palabras! Digo, de Corín Tellado hasta aquí el relato…

Pero allí comenzó la otra historia: largos silencios, mensajes sin respuesta, celulares apagados, en tanto continuaba con esa compulsión de subir música y agregar amigas de cualquier edad, de cualquier nacionalidad, de cualquier punto del país a su muro, ignoraba absolutamente mis, ya a esa altura, pedidos de auxilio. A veces aparecía con una respuesta tan extensa como un “jaja”, “ok”, “sí”, “no”, “bue…” sólo eso. Hasta que consideraba que ya era suficiente y entonces arremetía con amorosas y repentinas apariciones. Entre ellas, las cuatro veces que se produciría un nuevo encuentro. Tres de ellas, él vendría a visitarme, pongámosle, dentro de cuatro días, y entonces mi vida, toda mi vida era una fiesta de limpieza profunda de cada rincón de mi casa, sábanas suavemente perfumadas, todo ello sumado a la lógica coquetería femenina: peluquería, depilación, buena ropa exterior e interior, pasando por el supermercado para el mejor vino, la comida más atractiva (todo con dinero que no tengo para esos gustos). Las tres veces me dejó esperando. Tímidamente (a esta altura confieso y juro que le temía mucho a sus reacciones) preguntaba entonces, siempre por Facebook, en privado, tal lo exigido oportunamente..”qué pasó?” Y nada, ni un pedido de disculpas, ni una explicación, ni una razón, ni, ni, ni… A veces, algún “me enfermé”, “estuve ocupado”, sólo eso…

La peor fue aquella ocasión en que la que viajó a verlo fui yo. Gasté mis últimos ahorros en pasajes y por suerte tengo quien me aloje en la cordillera, porque nunca nos encontramos, nunca me llamó, nunca me fue a buscar, como habíamos acordado, obviamente, antes de mi partida. Al tercer día de estada en Bariloche y luego de unos diez mensajes sin respuesta, escribió: “tengo gripe”. Ni disculpas, ni preguntas, ni ni ni…

Así, de esta manera transcurrieron siete meses de mi vida, entre esperas y desesperas, entre insomnio y sueño, entre silencios y ruegos, entre apariciones y desapariciones, entre reproches (curiosamente provenientes de él) y te extraño (claro, míos). Negada absolutamente a hacer ninguna cosa que no sea esperar por él, fui hundiéndome en un abismo peligroso para mi salud mental y emocional. Fui adaptándome a su manera de actuar y aquí estaba yo, siempre detrás de la PC, al acecho del bendito sobrecito rojo que anuncia un mensaje privado.

Hasta que una noche de marzo de 2012, cuando estaba logrando finalmente quitarlo de mis pensamientos, poco antes de la medianoche y cuando me disponía a cerrar el mundo Facebook hasta el día siguiente..zas! Ahí estaba el famoso sobre que yo abría con verdadero terror… Nuevamente él. Como si nada, como si siempre hubiera estado, manifestando estar “caliente” mientras yo manifestaba estar enamorada (tengo los mensajes de esa noche, una ignominia, una vergüenza vistos desde lejos, ahora. Indignos. Dignos de un capítulo de la vieja y siempre vigente Princesa Rusa… Mientras daba vueltas y vueltas en mi silla giratoria, apelaba a mi creatividad para ayudarle a concretar su objetivo de “llegar” al punto que buscaba desde su casa (supongo que desde su casa). Y cuando todo hacía suponer que lo había logrado, la comunicación se cortó intempestivamente. Ni chau, ni gracias, ni cómo estás, ni ni ni…

Al día siguiente ya no respondió a mi mensaje de qué pasó anoche?

Pasaron tres o cuatro días más, y vuelta a aparecer: “el miércoles voy, dame tu dirección, llego a las 7, regreso el mismo día a las 19” Ay que no dijo nada más que eso! Ay que no dijo ni, ni, ni, ni más nada!

Y el miércoles llegó. Y comió en mi mesa, orinó en mi inodoro, lavó su cuerpo en mi ducha, se acostó en mi cama, eyaculó con una masturbación y ni gracias, ni disculpas, ni un abrazo, ni ni ni ni ni…

Y bajó del cuarto y yo preferí no acompañarlo y desde mi computadora siguió su juego de seducción con M., a quien estaba haciendo el mismo perverso trabajo desde hacía un mes. Se fue, para siempre, claro… Me dejó en medio de una crisis de pánico, entre furiosa y desengañada.

Siempre me jacté de tener una virtud entre mis cientos de defectos: no guardo rencor… Tendría por quien sentirlo: el asesino de mi padre, algún que otro estafador de cosas materiales, el hombre que me violentó físicamente cuando joven… pero no. Y esta vez tampoco es rencor, ni actitud propia de mina despechada. Es que se me hace, desde hace varios meses, absolutamente intolerable ver cómo gente de esta calaña disfrazado de intelectual, de superado, de estudioso, de pragmático, de sensible, de defensor de los derechos de la gente, de la naturaleza, de los animales, de melómano, de hombre de principios en público cuando en la intimidad resulta un verdadero enajenado, un psicópata de características miserables y oscuras.

El 25 de noviembre de 2011, escribí para El Delitómetro una nota con otro relato de mi vida, otra historia de violencia. Los memoriosos recordarán una extraña frase de aquél texto: “Silencioso, como Hache que antecede en alfabeto…” Me refería entonces con esa hache a este personaje, cuyo nombre, como ya dije, comienza con esa letra, pero no quiero mencionar su identidad completa. Tengo miedo a posibles represalias…

Todavía no puedo quitar la náusea cuando recuerdo mis dos encuentros con él y no puedo quitar el asco y la indignación cada vez que releo los mensajes que guardo como prueba irrefutable de su conducta (y de la mía).….

A poco de su partida, ese día de los últimos días del verano insoportable al que resistí, todavía no había acudido al “bloquear/reportar” que esta bendita red te ofrece, finalmente me “avivé” de otras cuestiones… H repetía las mismas canciones, compartía los mismos enlaces y eran dedos de nuevas mujeres los que se levantaban entusiastas. Pude ver cómo, igual que lo hacía conmigo, si alguna de ellas compartía algo en su muro de orden personal, lo eliminaba inmediatamente. Decidí entonces enviar invitación de amistad a una de ellas. M. de más de 50 años, atractiva mujer, militante política de Buenos Aires, aceptó mi solicitud y comenzamos a “deshuesar el pollo…”. Grande fue nuestra mutua supresa cuando descubrimos que ambas fuimos presas de este maestro de la seducción. Ella estaba “de novia” con él y lo esperaba. Él “deseaba conocerla ya” e iría a visitarla! Mientras, la relación transcurría por Internet, con idéntica modalidad. La misma música, las mismas palabras, el mismo mote para todas: “linda” nos llamaba, nunca escribía nuestros nombres. Los mismos “enojos”, las mismas prohibiciones, las mismas “lástimas” (ahora recuerdo una de sus tretas: primero te cuenta larga y dolorosamente su enfermedad y luego si se lo llegás a mencionar se enfurece. Por otra parte, jamás pero jamás se te ocurra colgar en su muro una canción, una fotografía que no le agrade o que dé una lejanísima señal de contacto personal, le viene síndrome vertiginoso y te acusa de agresiva, de molesta, de tonta, de…)

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