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La justicia injusta

La justicia injusta está siempre presente. Llega tarde. Actúa mal. A destiempo. Sus integrantes gastan millones por año, y no nos dan nada. Injusta, nuestra justicia. Llena de jueces y fiscales designados por el poder político, que solo busca la cobertura de un sillón calentito. Ayer, en Río Colorado, los hermanitos Leguizamón nos dieron a los rionegrinos, una clase de civismo. De Formación Cívica, la clase. Aquí, una modesta descripción de lo acontecido.

 

Con la atenta vigilancia de los soldaditos de siempre, empezaron a reunirse, a la hora prefijada.

Los soldaditos no son otros que los miembros de la prensa local.

Los mismos que sostuvieron a Sergio y a Raquel.

Mas canosos, pero son los mismos.

Como una guardia pretoriana que protege los movimientos populares.

Y empezaron a aparecer, decenas de rostros.

Rostros.

Cansados rostros.

Cansados de dolor y de silencio.

De noche sin dormir, los rostros de varios.

Desencajados rostros.

Quebrados.

De rabia, de bronca, de asco, cansados.

Pancarta que denuncia.

Varias pancartas.

Dolorosas pancartas.

Mucho abrazo.

Abrazo fuerte.

De hermano, de papá, de hijo, de madre, de abuelo, los abrazos.

Hablaban los abrazos.

Se podía oir … «fuerza… fuerza».

Mejillas mojándose entre sí.

Transfusiones de lágrimas.

Y mucha frase corta, dicha en el oído.

He escuchado otras veces, el tremendo ruido del silencio.

Del taconeo perturbador de la gente del pueblo, marchando por sus muertos.

Injustamente muertos.

Esto no es menos injusto.

Ni menos dolorso que la muerte.

Es mas prolongado, además.

La gente saliendo a poner su corazón en la vereda.

En la partida, se veían cientos venir a contramano de la marcha.

Cientos que llegaban diez minutos después de lo anunciado.

Eran más ellos, que los que habían iniciado el recorrido.

Trotecitos cortos, para llegar.

Gieco, Pintos, Heredia, Arbeló, y la magia de sus canciones, envolviéndolo todo.

Ella, premonitoriamente cantaba «…llegaremos a tiempo, llegaremos a tiempo»

Y esos varios cientos, tuvieron la suma de los otros cientos que aparecían por calles paralelas.

Interminable caravana de rostros rabiosos.

Enfurecidos.

Pero en respetuoso silencio.

Alguien surgió creativo y empezó a batir palmas.

Palmas enrojecidas.

Chocándose con bronca, para dejar a un lado el silencio, y que sea el ruido el que gane la calle.

Yrigoyen y Belgrano.

La madriguera abierta.

Los ojos tienen destellos de rabia.

Todos los ojos.

Los hijos del miserable, escuchan como se lee el documento que van a entregar en el banco.

Atentamente escuchan.

Hasta que la vida, se los lleva por delante.

Hay que entrar a entregar un petitorio, que enfrenta duramente a la figura paterna.

Nadie grita.

Nadie insulta.

Es solo un aplauso ensordecedor.

Muy emocionante.

Los mayores miran al suelo.

No quieren que el de al lado, lo vea rendido ante el dolor ajeno.

Ajeno ?

Será ajeno ?

Entre la gente hay gente que ha hecho suyo, este dolor.

Salen.

Son los rostros de la valentía personificada.

Se abrazan los hermanos.

No se hablan.

Lloran y se abrazan.

La marcha busca ahora, la Casa de la justicia.

Cuatrocientos metros mas adelante, está el punto final del recorrido.

Podrían haber sido cuatrocientos kilometros.

La misma voz, lee otro petitorio a entregar.

Y se escucha el breve discurso de Pablo.

Hace fuerza.

Quiere decir algo de lo que pensó, pero todo es distinto ahora.

Mil quinientos de sus vecinos, escuchan con atención.

Antes de caer derrotado por la emoción que lo domina, levanta la vista y dice: » …parece que la justicia está hecha para los delincuentes».

Entregan el petitorio a la Dra. Alberdi que salió a recibirlos.

Se vino de este lado del mostrador, la jueza.

La Jueza, abraza a Carolina.

Y le habla suave al oído.

Habla la jueza.

Habla la mamá.

Habla la amiga.

Como una hermana le habló.

Duró 30 segundos el abrazo.

Parecieron 30 años.

Es el momento culminante de la emoción.

Decididamente, Alberdi demuestra que está de este lado.

En varias cuadras alrededor, nadie puede contenerse.

Desconcentración.

El ojo atento, observa mucha juventud.

Mucha.

Mucho adolescente acompañando.

Y en el changuito de un bebè, una pequeña lámina dice: «Justicia por Caro».

Es agradable pensar, que si se cría así, tendremos el futuro asegurado.

Se vio mucha gente llorar de rabia.

De dolor, lloraban.

Muchachos y chicas con el rostro y el pecho quebrados por la emoción y el dolor

Un dolor compartido.

Lloraban en silencio, calladitos.

Sin ocultarse, la mayoría.

Adolescentes y adultos mayores compartiendo ese dolor.

Aunque suene contradictorio, porque era un dolor triste … me gustó verlos así …

Mi pueblo, todo.

Caliente.

Emocionado.

Subido al carro triunfal del reclamo, tirado por estos chicos.

Busco una computadora urgente.

Necesito escribir cinco renglones

Ultimamente, me suele suceder que le estoy errando a los lugares donde tengo que estar …

Esta fue la excepción …

Estaba además, donde quería estar.

No son caras felices, la de estos chicos.

Son caras de compromiso.

Alguien escribirá alguna vez la historia contemporánea de mi pueblo, y en una página hablarán de este día, como un punto de quiebre de nuestra vida como sociedad.

Un mensaje que traspasará los tiempos y quedará como mensaje para toda la historia.

Hacía rato que no soportaba tan estoicamente tantas horas de dolorosa emoción.

Hasta que te pude abrazar …

A vos Chinito … a tus hermanos, eternas gracias por tanta valentía compartida.

Me voy a llenar la boca por todos lados, hablando de vos y de tu fuerza.

Cabezón – Río Colorado – 02 de Octubre de 2012

Por Daniel Ferrer

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