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Saúl Huenchul: la vida de película del payador más convocante de la Patagonia

Con 73 años y 52 discos, le puso letra y música a la vida en el campo. Su padre lo envió a trabajar a los 9 a un puesto del sur pampeano y aprendió solo a leer, escribir y tocar la guitarra. El trovador que no pudo ir a la escuela va a la universidad: hoy, en Roca, dará un concierto con estudiantes de Música del Iupa, que ya produjo un documental sobre su historia.

La historia de película de Saúl Huenchul


Aquí trabajó de chico, en estas 2780 hectáreas en la margen norte del río Colorado, envuelto en la polvareda eterna que levanta el viento en las huellas del sur pampeano, entre las espinas de los alpatacos y los terneros que ahora se asustan con las chatas y antes con las carretas en la ruta 34, ancha y de tierra como entonces. En 1955, mientras la radio traía el eco trágico de las bombas que caían en Plaza de Mayo para derrocar a Perón, su papá lo mandaba al campo de Giménez, que lo puso a cuidar las chivas. “Tenía que salir a pastorearlas. Era chivero. Y hacía de todo. ¿Vio cuando al muchachito se lo da, se lo presta? Tiene que hacer de todo”, cuenta y se acomoda el sombrero para que no se vuele en esta soleada tarde de mediados de noviembre, mientras dos cueros de vaca se orean sobre los palos y Lucho y Chacarero mueven la cola y ladran contentos porque el patrón salió a saludarlos. Más tarde lo acompañarán cuando vaya a buscar a los toros, las vacas y los caballos.

Eso será cuando caiga el sol: entonces le ganará la cuerda a los más ariscos al volante de la rural bordó de más de un millón de kilómetros y les cerrará la tranquera antes de que puedan reaccionar, iluminado por las estrellas que brillan en la noche pura, aunque para disfrutar de ese privilegio deba pagar el precio de no tener electricidad, ni gas y hacer 40 km para tener un poquito de señal.

Tenía 9 años la tarde en que su papá le dijo que a la mañana siguiente saldrían juntos rumbo a lo de su compadre. Y así fue nomás: don Ponciano Huenchul y su hijo Saúl partieron al alba, los dos a caballo bordeando el río desde el lote 7 hasta el puesto donde el pequeño gaucho se quedaría a trabajar. No había vueltas con eso, ni una mínima chance de hacer la primaria en la escuela de Puelches, a 80 kilómetros, aunque le hubiera gustado y mucho. Estuvo hasta los 11 sin ver a sus padres y a sus ocho hermanos. Un día se decidió, agarró un caballo, volvió. “Extrañaba a mi familia”, recuerda. Pasó una semana y no hubo caso: su papá lo mandó de vuelta a lo de Giménez. Aguantó apenas una semana más y se volvió otra vez.

Estuvo los tres años siguientes en campos de Río Negro y La Pampa, siempre de peón, cerca del río que divide a las dos provincias, cuando los pumas y los zorros aún no habían desterrado a las ovejas y las chivas. Y si era necesario, buscaba refugio en lo de su tía Francisca, que siempre le abrió la puerta y le dio una cama y un plato de comida. Un día, recuerda cada detalle, su primo Poroto apareció con una radio celeste, larga, finita y a pila, que traía envuelta en un poncho: la había cambiado por un novillo. Cuando enganchaba la onda, las milongas, los tangos y los chamamés lo transportaban a otro mundo, uno que lo hacía soñar.

A los 15, la polvareda que levantaba esa tropilla que se acercaba al río en un amanecer fue como una aparición, un mensaje. No tardó mucho en ir a ver a sus padres y decirles que se iba, sin rencores ni pedidos de explicación. “Yo lo entiendo a mi padre, era buena gente. Y mamá, Isabel, un ser maravilloso”, dice. Salió a campear y eligió un overo y un colorado mansos y leales que lo llevarían lejos.

A los 73 años, 52 discos después, es dueño del campo donde pastoreaba a las chivas de chico. ¿Qué pasó en el medio durante su larga aventura? Para buscar una respuesta hay que seguir el camino del payador que cerca de los 30 se decidió a ponerle música y letra a la vida en el campo, esa que conocía tan bien sin que nadie se la contara. Este es el rastro de don Saúl Huenchul, un mestizo de pura cepa con sangre mapuche y criolla en las venas, de ojos verdes y pelo castaño largo, palabra calma y precisa, bombacha gaucha, alpargatas, camisa a cuadros, pañuelo y facón en la espalda, puro orgullo campero para pintar su aldea y así al mundo.

Un hombre que puede pasar meses solo en el campo y procurarse comida, agua, guarecerse en las noches a cielo abierto, curarse con las plantas, es alguien que tiene mucha sabiduría. Es un artista libertario que describe el mundo campero como solo él puede hacerlo».

Néstor Ruggeri, director y guinista de «Polvareda de un trovero»

El arte de improvisar

Anduvo aquí y allá en su montura hasta que entró como mensual en la estancia El Águila, entre Río Colorado y Guardia Mitre, donde lo trataron tan bien como en tantos otros lugares en todo este tiempo, una solidaridad gauchesca que lo animó a seguir: siempre hay alguien dispuesto a dar una mano en el campo. Supo de la soledad del puestero, de esquilar con tijera y más rápido cuando apareció la máquina, del puchero de gallina día tras día, de usar el lazo y las boleadoras cuando hiciera falta, de curarse con yuyos, de dormir a la intemperie, de encontrar donde guarecerse en la inmensidad del norte de la Patagonia. Y de disfrutar de la compañía de la radio, de esos cantores que hablaban de cosas que le pasaban a él.


Un fin de año se le acercó un compañero a charlar, Paulino Fortunato Vita, acaso para sentirse menos solos. “Somos amigos hasta hoy”, cuenta don Saúl y señala una foto con él en la pared, cerca de las de sus cuatro hijos, de la guitarra y el estuche (no conviene guardarla le dijo un profesor), la valija para la ropa, la otra más grande en la que lleva casetes y discos compactos que vende tras sus presentaciones y las muletas que usó para recuperarse de un accidente hace casi dos años, cuando se le vino encima esa camioneta que no pudo eludir en una rotonda camino a una presentación en Arenaza, en el noroeste bonaerense.


“Parece mentira compañero, tantos años han pasado”, dice don Saúl y evoca aquella vez que fueron juntos con Paulino a ver a una yunta de payadores en un boliche del pueblo. Recuerda bien lo que pasó esa noche, a esos dos hombres que se sacaban chispas con respeto, las milongas y esas rimas que le impactaron tanto. Y el detalle más importante: “Improvisaban, eso me llamó mucho la atención, porque en la radio no te dabas cuenta”. No sabía aun que esa noche empezaría a seguir la huella de su don. Pero para eso haría falta aprender a leer, a escribir, a tocar la guitarra.

Todavía conservaba en el bolsillo el papel con las cinco vocales que le había escrito la tía Francisca cuando partió. “Las consonantes las aprendí con los títulos de los diarios. Y de a poquito empecé a escribir”, recuerda. Paulino le enseñó a tocar el mi menor en la guitarra. Ya estaba en el camino, pero no fue rápido el trayecto. “Hasta que tuve que decidir si seguía en el campo o salía a bolichear. Elegí salir a bolichear”. ¿Le dio miedo tomar esa decisión? “No, sabía que si me iba mal podía volver al campo, cualquier trabajo bruto yo lo podía hacer. No hay que andar temblándole a la vida”.

El boliche de Cachín

En Bahía Blanca, el primero que le abrió la puerta de su boliche para que se presentara en soledad fue Cachín Méndez, un boxeador que supo ser campeón argentino de los plumas. “¿Por qué? No sé, por ahí porque él también sabía lo que era rascar la moneda”, cuenta don Saúl. ¿Y cómo cantó? “No me acuerdo, pero seguro que mal. Yo era un mal cantor, entraba a destiempo. A veces pienso que me hubiera gustado formarme, aprender a cantar, a tocar la guitarra. Pero una vez que salí a la ruta me quedé sin tiempo”, cuenta. Con los años eligió dedicarse a la payada, a integrarse al circuito de las fiestas populares, a circular por los boliches, gimnasios, sociedades de fomento de pueblos y parajes, aguzando la intuición para detectar qué quería la audiencia, hasta llegar a ese punto alto tan buscado: el del público respetuoso que escucha en silencio y saborea las letras con unción.

Decidió también ser el dueño de su producción, sin mezclarse con las discográficas. Se encargaba de contratar a la grabadora y se iba de gira con una pila de casetes y después discos compactos en la valija grande negra. “Los dejaba en consignación en las estaciones de servicios y los almacenes”, relata. O los vendía en una mesita o parado después del espectáculo, mientras se armaba la fila para sacarse la foto. No era difícil encontrarlo: siempre estaba en el medio de la admiración de mucha gente.

“Con toda esa plata que ahorré pude comprar el campo”, dice ahora, mientras se arrima a la alambrada que está terminando de instalar a un par de kilómetros de la casa y a metros de un brazo del río Colorado, que corre con fuerza mientras el viento sopla y el cielo se nubla. Lucho y Chacarero ladran con los ojos fijos en la isla de enfrente. “Se escuchan a las crías de los chanchos jabalíes, ahí no hay nadie, están tranquilos”, explica bajo un sauce don Saúl, que nació cerca de aquí y nadaba de chico en estas aguas: “A dos leguas río arriba estaba el puesto, en el Lote 7 vine al mundo yo”.Clásicos de Huenchul

El Picazo

Así se llama su campo. En el acceso en la ruta 34 hay un disco de arado y en el medio el dibujo sobre la chapa de un caballo brioso y negro, que levanta la pata delantera derecha como aquella vez hace tantos años, cuando pisó mal en una vizcachera y don Saúl se fue de lomo contra los troncos. No sabe cuánto tiempo estuvo tirado inconsciente, pero sí que el Picazo estaba ahí cuando se despertó dolorido, que se agarró primero de la pata y después de la larga crin. Logró montarlo y el caballo lo llevó hasta el puesto. “Era un hermoso animal. Lo extrañé mucho cuando se fue”. 

Como tantas cosas que pasaron en su vida, El Picazo tiene su canción. “Ahí estaba el aparcero, con la rienda y sin apuro, esperándome seguro, como lo hace un compañero”, dice la letra, fiel reflejo de ese mundo de las métricas que lo apasiona y perfeccionó hasta el extremo. Ahí, en la punta de la mesa, al lado del cuaderno donde escribe con birome y del cepillo con el que repasa el sombrero, están los libros y el diccionario de antónimos y sinónimos donde tantas veces busco inspiración o se sacó alguna duda.

Payar es un desafío. En especial con uno mismo. Pero siempre digo que si lo que uno hace le va a sacar una sonrisa a un puestero solitario, todo esto vale la pena. «

Y si antes los temas estaban solo en casetes y cd’s, ahora están todos en Youtube, una movida de compilados ya fuera de su control: solo las cinco recopilaciones más vistas de sus canciones suman tres millones de reproducciones. “Ahora es así”, comenta, acaso con la resignación de una batalla que no se puede ganar. “Igual algo se sigue vendiendo”, agrega esperanzado. Desde Sin pulir, su primera placa, a Entre Don Juan y Lorenzo, la última, lleva 52 discos. Entre las canciones que vienen en el próximo, paladea otra sobre el oficio del payador.


Si la inspiración existe pero te debe encontrar trabajando, como aconsejaba Picasso, don Saúl sabe exactamente de qué se trata. Pero, como todo, lo dice a su manera: “Se trae el don, pero hay que laburarlo también”, reflexiona y se ríe cuando piensa la respuesta a la pregunta que sigue, esa de si es cierto que las chinas más lindas siempre eligen a los payadores.  “No, acá no quiso venir ninguna”, contesta y larga una sonrisa plena. Ya es tiempo de ir terminar de alambrar, de buscar a los animales con Lucho y Chacarero, de aprontar las valijas para el próximo viaje, cuando el payador que no pudo ir a la escuela salga otra vez a dar cátedra por las rutas de la Patagonia. 

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