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Manuel Belgrano: Por sí mismo y por los demás (Primera parte)

En casi seis meses el 3 de junio de 2020 se cumplirán los doscientos cincuenta años del nacimiento de Manuel Belgrano y pocos días después el 20 de junio el bicentenario de su muerte. Nada mejor que evocarlo siguiendo su trayectoria en forma cronológica con una serie de notas algunas donde él mismo se presenta y otras por quienes fueron sus contemporáneos.

Belgrano en las páginas iniciales de su Autobiografía afirma: «Nada importa saber o no la vida de cierta clase de hombres que todos sus trabajos y afanes los han contraído a sí mismos, y ni un solo instante han concedido a los demás». Pero había nacido en un tiempo en que los funcionarios eran sometidos al «juicio de residencia» al terminar sus funciones, lo que acabó con la Revolución de Mayo, por eso a continuación escribe que la existencia de: «los hombres públicos, sea cual fuere, debe siempre presentarse, o para que sirva de ejemplo que se imite, o de una lección que retraiga de incidir en sus defectos. Se ha dicho, y dicho muy bien, «que el estudio de lo pasado enseña cómo debe manejarse el hombre en lo presente y porvenir»; porque, desengañémonos la base de nuestras operaciones, siempre es la misma, aunque las circunstancias alguna vez desfiguren».

En los primeros renglones demuestra la transparencia de sus actos públicos y privados, aún aquellos que puedan ser tachados de falencias propias de la condición humana, para que sirvan de ejemplo, lo que nos brinda una acabada idea del valor que le dio a la educación a través del ejemplo; tarea laboriosa que jamás abandonó en la última década de su vida pública.

LUGAR DE NACIMIENTO
Presenta su lugar de nacimiento y a su familia: «El lugar de mi nacimiento es Buenos Aires; mis padres, Don Domingo Belgrano y Peri, conocido por Pérez, natural de Oneglia, y mi madre doña María Josefa González Casero, natural también de Buenos Aires. La ocupación de mi padre fue la de comerciante, y cuando le tocó el tiempo del monopolio, adquirió riquezas para vivir cómodamente y dar a sus hijos la educación mejor de aquella época».

Vivía el matrimonio en una residencia de la calle que hoy lleva el nombre de Belgrano al 430 de la nomenclatura actual, llamada entonces Santo Domingo por pasar frente al convento de los Predicadores, las fotos que ilustran esta nota alertaban sobre la demolición del histórico edificio y fueron publicadas en la revista Caras y Caretas del 6 de marzo de 1909, -atención que debo a don Diego Sztark- y dan una acabada idea de la importante edificación que había construido el padre para albergar a su numerosa familia.

En julio de 1828 en la Gaceta Mercantil apareció el aviso de su venta por orden de la sucesión de los padres de Belgrano. Tras caer bajo la piqueta cerca del centenario de la Revolución de Mayo, hacia 1940 ese solar se construyó el edificio Calmer obra del arquitecto Leopoldo Schwarz.
Don Domingo su padre era natural de Oneglia en Italia, había pasado a Cádiz donde se ocupó del comercio, de donde con alguna experiencia siguió a Buenos Aires en 1750 con 20 años. Como lo dice su hijo adquirió fortuna y el 4 de noviembre de 1757 casó con doña María Josefa González Casero de antiguas familias porteñas y de Santiago del Estero. El matrimonio procreó 16 hijos, siete mujeres y nueve varones, Manuel fue el octavo y al menos nueve de ellos llegaron a edad adulta.

Todos (los varones) concurrieron a la escuela del cercano convento de San Pedro Telmo, como es el verdadero nombre del habitualmente llamado de Santo Domingo, él mismo lo dice en su autobiografía «Me proporcionó la enseñanza de las primeras letras». Luego en el Real Colegio de San Carlos continuó cursando «la gramática latina, filosofía y algo de teología en el mismo Buenos Aires». Las mujeres dedicadas a las tareas de la casa aprendieron a leer y escribir, según se puede comprobar de algunos documentos personales.

RUMBO A EUROPA
Contrariamente a lo que sucedía en muchas familias el hijo mayor era destinado al sacerdocio, pero en el caso de los Belgrano fue el octavo Domingo Estanislao. Cuando Manuel tuvo edad suficiente como lo afirma en su escrito su padre lo «mandó a España a seguir la carrera de las leyes, y allí estudié en Salamanca; me gradué en Valladolid; continué en Madrid y me recibí de abogado en la Chancillería de Valladolid».

Cruzó el Atlántico acompañado por su hermano Francisco que le seguía en edad, con autorización otorgada por el virrey marqués de Loreto en junio de 1786 «para que se instruyan en el comercio, se matriculen en él y se regresen con mercaderías a estos reinos». Los jóvenes de 16 y 15 años lo hicieron bajo la tutela de su cuñado don José María Calderón de la Barca, pero muy otro fue el destino de Manuel.

Resulta curioso el documento de ingreso de Belgrano a la Universidad de Salamanca fechado el 4 de noviembre de 1786: «Don Manuel Belgrano Pérez, natural de la ciudad y obispado de Buenos Aires, en el reino del Perú, de edad 16 años, pelo y ojos negros, para oír ciencia». Nuestro personaje aparece con los dos apellidos de su padre Belgrano Pérez y no Belgrano González, pero además anotaban que la ciudad y el obispado de Buenos Aires integraba el reino del Perú, cuando desde hacía una década nuestra ciudad era la capital del virreinato del Río de la Plata.

Aunque estos datos son atribuibles al desconocimiento del empleado burócrata, lo más notable de la ficha es que dice que tiene «pelo y ojos negros», detalle que no consigna ningún otro contemporáneo, además que su iconografía lo presenta con cabello y ojos claros y celestes.

Poco se sabe de esos años de estudiante, ni tampoco él dejó demasiadas impresiones de quienes fueron sus maestros. Sólo que en 1789 obtuvo en Valladolid su diploma de bachiller en leyes y en febrero de 1793 el título de abogado. No ejerció el oficio ya que no hizo la práctica forense los cursos del doctorado porque según le escribió a su padre «la borla de doctor, esto es por tener una patarata por tener que emplear yo propiamente en cosas inútiles el tiempo que en el foro de nada sirven».

En el relato de aquellos años Belgrano apuntó: «Lo que espero de la misericordia del Todopoderoso, es conservar el buen nombre que desde mis tiernos años logré en Europa, con las gentes con quienes tuve el honor de tratar, cuando contaba con una libertad indefinida, estaba entregado a mí mismo, a distancia dos mil leguas de mis padres, y tenía cuanto necesitaba para satisfacer mis caprichos».

Sin duda mereció la misericordia pero gracias a su conducta, buen nombre que heredara de sus padres ha trascendido por su vida ejemplar largamente a su tiempo, a las décadas y a los dos siglos.

Hay un aspecto del viaje a Londres que, pese a que podría ser considerado superficial, para Belgrano no lo fue. Tampoco para sus contemporáneos. Más aún, es un tema sobre el que siempre se da vueltas, intentando develar supuestos misterios en torno de la personalidad y la vida privada del prócer. Nos referimos a su relación con la moda, más precisamente con el dandismo. Esta corriente tuvo un peso determinante en la historia del vestuario masculino y vale la pena conocer por qué el general Belgrano es señalado como uno de los difusores en nuestras tierras.

Ya contamos que Rivadavia y Belgrano arribaron a Londres en 1815. Allí conocieron esa tendencia tan particular. El dandismo no solo le cambió el vestuario a los señores, sino que también afectó sus actitudes cotidianas.

Las principales características de esta moda fueron el refinamiento, la preocupación por la apariencia, la atención a los detalles y el manejo natural de los buenos modales. El dandismo no era solo ropa, sino sobre todo una actitud frente a la vida.

Belgrano y Rivadavia (45 y 35 años, respectivamente) se encontraron con un estilo de vida social bien distinto del rioplatense. Aquella estadía produjo en ellos cambios notables que cada cual vivió a su manera. Si tuviéramos que encontrar un denominador común, sería la exquisitez: Manuel y Bernardino asimilaron ese gusto por lo refinado durante su estadía en Londres. Por otra parte, la adopción del nuevo vestuario respondía a necesidades protocolares. Pasearse por la corte londinense con calzón corto, medias de seda y zapatos con hebilla, como solían hacerlo en Buenos Aires, no se correspondía con el entorno en el que se movían.

El dandismo les dijo basta a las pelucas de los señores, así como también a otras usanzas masculinas tales como las joyas, los zapatos de taco y hebilla y el empolvado en la cara.

El principal referente del nuevo estilo fue un trepador social de origen humilde, George “Beau” Brummel, asesor del príncipe de Gales —futuro Jorge IV de Inglaterra— y luego árbitro de la moda de una corte que requería un vestuario acorde con la actividad ecuestre y la caza. Simple y elegante.

Lo repetimos: simple y elegante. Si viajáramos en el tiempo hasta 1815 y quisiéramos parecer dandis, deberíamos ocupar una buena cantidad de tiempo en vestirnos de manera que parezca sencilla y a la vez refinada. Una vez que la ropa está en su lugar, deberemos atender a las maneras.

Manuel Belgrano
Manuel Belgrano

Tendremos que mostrarnos algo indiferentes, despreocupados. Lo interesante y simpático es que los dandis pasaban horas perfeccionando su despreocupación. Sobrevolaba también un aire de narcisismo alrededor del cultor del dandismo.

¿Belgrano y Rivadavia adoptaron estas conductas? Por los comentarios de los contemporáneos podemos advertir que se notaron cambios cuando los diplomáticos regresaron al Plata. No obstante, es indudable que hicieron una adaptación más criolla de la moda. En cuanto a las maneras, si bien hubo un afrancesamiento de ambos, el margen de cambio en Belgrano, al mando de las milicias en los cuarteles de Tucumán, fue muy limitado, aunque no por eso dejó de percibirse.

De todas maneras, el testimonio más ejemplar son los retratos. Los dos diplomáticos posaron, cada uno por su cuenta, frente al pintor Casimir Carbonnier. Si analizamos la pintura del creador de la bandera, podemos observar varias características distintivas del naciente dandismo: los pantalones de lino ajustados de colores claros se angostaban para terminar dentro de la bota de montar. La camisa blanca de cuello alto —que subía por el mentón— con cravat de gasa o seda en el mismo tono para tapar el cuello, que un señor elegante jamás exhibía. Encima, una levita de paño azul.

El corte de pelo se denominaba “Titus” (por el parecido con la imagen del emperador romano Tito) y era corto con rizos y patillas largas aunque, según vemos en la imagen, las de Belgrano no eran muy tupidas. Un dato fundamental: el dandi siempre estaba bien afeitado. Como detalle final agregamos que por la noche los caballeros usaban medias de seda.

Belgrano era un dandi. Acerca de él, dijo José Celedonio Balbín, comerciante de Tucumán que lo conoció luego del viaje a Europa:

“El general era de regular estatura, pelo rubio, cara y nariz fina, color muy blanco, algo rosado, sin barba (…), era un hombre de talento cultivado, de maneras finas y elegantes (…). Se presentaba aseado como lo había conocido yo siempre, con una levita de paño azul con alamares [cordones] de seda negra que se usaba entonces”.

El general José María Paz, quien lo trató antes del viaje a Europa y después, escribió en sus Memorias:

“El general Belgrano hacía ostentación de costumbres e ideas enteramente republicanas, sin que dejasen de ser cultas y delicadas. Vestía como un subalterno y el ajuar de su caballo no se diferenciaba de otro cualquiera. Cuando en el año 16 volvió al ejército después de su viaje a Londres, había variado. Vino decidido por la forma monárquica en la familia de los Incas, sus maneras eran algo aristocráticas, y vestía como un elegante de París o de Londres”.

Portada del libro editado por Sudamericana
Portada del libro editado por Sudamericana

Subrayamos: “… vestía como un elegante de París o de Londres”. El propio Paz decidió ahondar sobre su opinión: “En los años de 1812, 13 y 14, el general Belgrano vestía del modo más sencillo, hasta la montura de su caballo tocaba en mezquindad. Cuando volvió de Europa, en 1816, era todo lo contrario, pues aunque vestía sin relumbres, de que no gustaba generalmente, era con un esmero no menor del que pone en su tocador el elegante más refinado, sin descuidar la perfumería”.

Estas observaciones, sobre todo la ostentación de los usos europeos hasta el grado de parecer chocantes en comparación con las costumbres nacionales, fueron cuestionadas por su amigo José Celedonio Balbín y por Gregorio Aráoz de Lamadrid, oficial camarada de Paz. Hay que tener en cuenta que las Memorias de Paz fueron publicadas un año después de su muerte (son Memorias póstumas). Por lo tanto, el autor no pudo responder a las observaciones de sus contemporáneos.

Determinar a quién creerle resultaría una tarea compleja. Por lo general, todos tienen un poco de razón. Pero hay una certeza: el vestuario de Belgrano en el cuadro de Carbonnier pone en evidencia el dandismo del prócer.

De todas maneras, hubo un notable contraste entre la austera vida del patriota en el campamento de Tucumán y la exquisitez de su estadía en Londres. A mediados de 1817, el general Belgrano le dijo a Balbín que “se hallaba sin camisas” y le pidió que le llevara, desde Buenos Aires, dos de hilo. En cuanto al cuidado estético, mantuvo las buenas costumbres y el aseo. Una noche se infiltró entre soldados que jugaban por dinero, con el fin de buscar responsables y sancionarlos. Era un sencillo juego de cartas a la luz de una vela. Cuando Belgrano, en la oscuridad y camuflado, extendió su mano para hacer una apuesta, lo reconocieron. ¡Nadie podía tener las uñas limpias y cuidadas, salvo Belgrano! Por supuesto, estas eran enormes ventajas frente a las mujeres, que celebraban la presencia de alguien limpio y perfumado. Y en esto del aseo, se parecieron mucho con San Martín, otro ejemplo de que se puede ser simple, pulcro y elegante a la vez.

* Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación.

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