El señor de los cuchillos: la historia de Edgardo, un herrero apasionado

El hierro entra a la forja y en el taller se escucha un sonido parecido al motor de una locomotora. El fuego envuelve la pieza hasta teñirla de rojo. Edgardo lo sostiene con pinzas, la pone sobre el yunque y levanta la maza con sus brazos fuertes para golpearla. Algunas chispas saltan sobre su delantal camuflado, que lleva en el pecho la insignia de las Islas.

Desde hace un tiempo Edgardo Suárez se dedica a la herrería artesanal. Comenzó forjando lámparas y candelabros, pero hace siete años hizo algunos cuchillos, comenzó a hacer espadas y hasta katanas de samurái. Recreó armas antiguas o de películas y quedó envuelto en una pasión.

“No hago mucho cuchillo criollo, el típico del gaucho. Me gustan los cuchillos raros”, dice por teléfono el hombre de 58 años, que hace 20 años está en Bariloche. Cuenta que nació en Río Colorado, y comenta que cuando tenía 14 se fue a la Marina, proyecto que lo embarcó hacia la misión más difícil de su vida: la Guerra de Malvinas.

“Hasta los 22 años fui marino, en los años más duros de la Guerra. Estuve en la toma de Malvinas y durante toda la guerra en el mar, en el Buque desembarco cabo San Antonio. También estuve en el rescate del buque Alférez Sobral. Fui uno de los primeros que subí ahí arriba… En esas cosas de la guerra misma”, dice pensativo.

Se quedó tres años más en la Marina, pero se dio de baja y volvió a Río Colorado. Ahí se dedicó a la electricidad, porque tuvo un título intermedio de ingeniería eléctrica. Dio clases en la escuela técnica durante 12 años, y le salió una posibilidad laboral en Bariloche.


En la cordillera asumió como jefe de mantenimiento en un frigorífico con planta de faena, pero ese trabajo fue tan estresante que finalmente lo dejó. Sentía que no toleraba lo que se hacía con los animales, así que abandonó su profesión, se hizo vegetariano y sin saber nada, de un día para otro, se dedicó a la herrería.

“No tenía un mango, así que empecé con las herramientas básicas. No había visto nunca nada, pero era como que lo traía en los genes. Hace dos años me enteré que mi bisabuelo era herrero en España y murió aplastado por un carro, cuando arreglaba las ruedas en el siglo pasado”, relata.

Le fue muy bien en su arte, se dedicó con mucho esmero a la recreación de armas blancas. En el kilómetro 4, en su casa, armó su taller. Allí pasa horas envuelto entre las llamas y los sonidos de su creación.

“Me apasionaban los cuchillos, pero nunca tuve uno que sea mío, ni ese que la gente lleva a los asados. Cuando veo un modelo de una película o algo, me muero de ganas de hacerlo. Hace unos días, un cliente me encargó un sable dao de 8 anillos, una de las grandes armas de las artes marciales de China. Son impresionantes”, afirma.


Ahora, por ejemplo, le pidieron una espada espiga de arroz que mide 1,36 metros. Hizo algunas templarias romanas. Con todas trata de recrearlas tal cual, viaja en el tiempo para ser un guerrero de esa época, investiga todo acerca del arma, y cuando pone manos a la obra, pueden pasar 4 o 5 horas y no se da cuenta, siquiera, que el tiempo pasa.


Es arte



El mundo de los cuchilleros en argentina es grande. Pero aclara que hay muchos encabadores, que compran las hojas que hace una máquina, les hacen los cabos y los venden por $300. Hacer las hojas, forjarlas, lleva más de 50 horas de trabajo, es otro proceso, muy diferente; que Edgardo explica paso a paso.

La forja, es el elemento que le da temperatura al hierro a 850 o 1000 grados, y ahí se comienza a trabajar. Tiene que ser rico en carbono para que se pueda templar. Él elige mucho los elásticos de los autos, y después en el yunque los comienza a modelar con la maza.

“Hay veces que voy a un taller, pido un elástico, que son una bola de oxido a la que le doy forma, y le doy vida. El yunque hace un sonido especial que es como una campana, es hermosísimo”, dice al teléfono, y parece que se escucha.

Después de esos primeros golpes, comienza a usar otras herramientas para darle la forma más fiel con la original. Luego viene el templado, que es el endurecimiento del hierro, para que quede como cuchillo o espada. Finalmente, el pulido lo hará quedar como espejo.


El otro filo de su pasión



Edgardo además de ser herrero tiene dos hijos y una mujer. Ama a los animales, es defensor del ambiente y le gusta andar en bicicleta por los paisajes del sur. Va a las ferias a vender sus productos (en las redes aparece como Cuchillos Forjados Edgardo), y muchos clientes llegan a él por el boca en boca.

No solo los hace. Otra de sus pasiones es coleccionar cuchillos antiguos, que tengan historias. Tiene uno que le llevaron de Nepal, otro que se hizo con una tijera de tuzar de 1870, una bayoneta de la Primera Guerra Mundial, otra de la Segunda. Uno de los que atesora es un cuchillo de paracaidistas que se usaban en Malvinas, que consiguió en Internet y cambió por algunos de los que hace.


Su cuño es la imagen de las Islas Malvinas y en letras dice Cuchillos Edgardo. Algunos también llevan el pin de Malvinas en el mango. Si bien no vende mucho afuera, piensa que si salen del país pueden llevar su lucha a todas las latitudes.

“Es una forma de malvinizar y que se conozca en el mundo”, reconoce, y asegura que esa lucha es parte de él para siempre.

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