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Caso de Sonia Molina «La primera vez que se le dio tanta relevancia a la voz de la víctima”.

La dramática historia de María Eugenia que se reveló esta semana durante el juicio a Oscar Alberto Racco, quien era su pareja y la retuvo cautiva 23 años en el altillo de una casa de la ciudad de Rosario recordó otro aberrante caso, paradigmático, que conmocionó a los vecinos de Coronel Suárez y tuvo repercusión a nivel nacional a fines de 2012.

Los protagonistas fueron el falso Pastor Jesús Olivera y su esposa Estefanía Heit, ambos acusados y condenados por reducir a la servidumbre, lesionar gravemente y estafar a Sonia Molina, quien pudo escapar de la casa donde la tenían secuestrada después de tres meses de calvario. Pesaba en ese momento sólo 30 kilos y estaba al borde de la muerte.

Sonia Molina denunció haber estado encerrada ese tiempo en la vivienda de Grand Bourg 1832 que la pareja alquilaba. Dijo que fue violada, alimentada con comida para perros, sometida a tormentos, servidumbre y estafa hasta que consiguió escaparse por una ventana el 12 de noviembre de 2012.

Sin embargo, Heit y Olivera nunca lo reconocieron. Insistían en que Sonia no vivía con ellos, que solo compartían mucho tiempo diariamente porque formaban parte de una ONG llamada Siglo XXI que trabajaba con chicos con discapacidades, hacía tarea solidarias y donaciones; reconocida incluso, por UNICEF, por el Concejo Deliberante local y por distintas organizaciones. Aseguraban que ella vivía en la casa de otra familia, donde trabajaba como empleada doméstica y bajo el sistema de “cama adentro”.

Lo cierto es que dos años después, en 2014, el caso llegó a juicio y las imágenes que se mostraron durante las audiencias fueron claves para el fallo condenatorio de la Justicia. Se podía ver a la víctima en una situación de sometimiento extremo: no se podía mantener parada y se orinaba encima, mientras la insultaban y la pateaban. De esta manera, el tribunal condenó a la periodista y a su pareja, el falso pastor, a 13 y 18 años respectivamente de prisión. La condena de Jesús Olivera fue confirmada por el mismo tribunal en agosto de 2018, mientras que el fallo que confirmó la sentencia de Heit fue firmado en mayo del año pasado. Sin embargo, solo uno de los dos está en la cárcel.

Ella quedó embarazada de Olivera durante el encierro y la Justicia la liberó en 2017 para que siguiera cumpliendo condena en un domicilio de Suárez debido a que padecía diabetes gestacional.

“El caso de Sonia fue un antecedente importantísimo para todo lo que vino después, fue paradigmático”, definió en diálogo con TN.com.ar Gustavo Avellaneda, el abogado que la representó en el proceso. Entonces explicó que aquella “fue la primera vez en la que se ventiló en un debate oral un caso tan fuerte”. Y remarcó: “La primera vez que se le dio tanta relevancia a la voz de la víctima”.

De hecho, explicó el letrado, “las condenas se basaron en el testimonio de Sonia” y a pesar de que ahora parezcan escasas en relación al daño que la pareja le causó, en ese momento estuvieron conformes con la decisión de los jueces. “Sonia entendió que se hizo justicia y eso le permitió cerrar el capítulo”, subrayó.

No obstante, Avellaneda resaltó la diferencia con el desenlace que tuvo otro caso muy similar que salió a la luz apenas unos años después, en el que también le tocó representar a una víctima que logró escapar y hacer la denuncia. Se trataba de una madre y sus dos hijos, a quienes los medios bautizaron entonces como “El clan Benítez”, que llegaron a juicio en 2019 acusados haber mantenido cautivas a dos mujeres en su casa de la calle Güemes al 3700.

Durante meses, las víctimas fueron torturadas, abusadas sexualmente y hasta mordidas por perros. “En ese caso se consiguió una perpetua”, señaló el letrado en contraposición con el fallo de Coronel Suárez. Y agregó: “La diferencia de condenas te marca los tiempos sociales”. La voz de Sonia fue una suerte de disparador que colocó a la mujer en otra posición y abrió el marco para los movimientos feministas que meses después se hicieron escuchar con fuerza contra la violencia machista y los femicidios.

“Dios fue el único que me mantuvo firme hasta último momento”, declaró Sonia poco después de escapar de “La casa del Horror” en diálogo con eltrece, la única nota que brindó en aquel entonces a los medios. Ahora, su abogado cuenta que si bien se mudó nuevamente a Río Colorado mantiene un contacto fluido con ella y “está muy bien”.

“Ella nunca dejó de creer en la gente a pesar de lo que le pasó”, dijo Avellaneda, e indicó que sigue abocada al trabajo social en una iglesia evangelista. “Se resguardó mucho en la Fe”, expresó. La última vez que habló con ella por teléfono, un par de semanas atrás, Sonia le contó, feliz, que había sido abuela.

Había perdido unos 20 kilos y se le agotaban las fuerzas. Por eso ese día decidió que, con las pocas energías que le quedaban en su cuerpo, huiría. Era el 12 de noviembre de 2012 cuando Sonia Molina escapó por la ventana de la casa de la calle Grand Bourg 1832, en Coronel Suárez. Allí, denunció luego, había estado secuestrada durante tres meses. La vivienda pertenecía a Estefanía Heit , una conocida periodista local, y su marido Jesús Olivera, a quienes Sonia señaló como sus captores.

«Fue el día que Dios eligió. Me dije a mi misma ‘es ahora o nunca’. Pensé en mi hija y en mi mamá y tomé la decisión. No sé de dónde saqué la fuerza. Pero sabía que si no escapaba en ese momento, iba a morir en esa casa», cuenta Sonia en diálogo con LA NACION, casi un año después de los hechos.

Tras huir de la casa , Sonia debió ser internada en el Hospital Municipal de Coronel Suárez: se encontraba en un avanzado estado de desnutrición y tenía heridas y golpes en todo el cuerpo. Según denunció, durante tres meses, Heit y su marido, Olivera, quien se hacía pasar por pastor, la habían mantenido encerrada en su casa, sometiéndola a agresiones físicas y verbales y abusando sexualmente de ella. Los detalles del cautiverio son escabrosos: dijo que le daban comida para perros, que le hacían tomar orina, que la quemaban con encendedores, que le tiraban insecticida en los ojos.

El proceso de recuperación

«El calvario que viví me dejó marcada para siempre», relata hoy Sonia, que está intentando recuperar su vida normal. Sonia volvió a Río Colorado a vivir con su madre, Mónica. Allí también está su hija, de 12 años, que vive con el padre pero la visita todos los fines de semana.

«Durante este tiempo pasé por muchas etapas. Hubo momentos en que no quería salir de la casa ni ver a nadie, sólo a mi hija y mi mamá. Recuperar mi vida social está siendo muy difícil, me siento expuesta, observada, y el miedo está siempre presente», dice Sonia. «También me doy cuenta de que para la gente es difícil relacionarse conmigo, no saben cómo tratarme».

Desde que le dieron el alta hospitalaria, Sonia debió someterse a un estricto tratamiento de recuperación física y psicológica. Sus huesos sufrieron una gran descalcificación y tuvo que realizar una dieta de engorde para recuperar todo el peso que había perdido.

«Trato de que mi estado anímico sea cada vez mejor. Intento no focalizarme en el horror que viví, aunque a veces es inevitable. Las imágenes de esos meses me vienen a la cabeza como flashes, me aterran», explica.

El apoyo familiar

El proceso de recuperación tampoco fue fácil para su familia. «Es algo muy complicado, uno desearía que fuera menos duro, pero nos costó mucho a todos», cuenta Mónica, mamá de Sonia.

«Ella tiene un carácter muy fuerte y, después de lo que vivió, a veces no sé cómo ayudarla. La mayoría de las veces no quiere hablar del tema, es difícil saber cómo se siente. En los últimos meses empezó a estar mejor, pero tiene sus días», relata Mónica.

También cuenta que Sonia volvió a trabajar hace poco. Está cuidando a una señora mayor, algo que hacía antes del cautiverio. «Eso le hace bien psicológicamente, mantener la cabeza ocupada. Pero se ha aislado bastante del resto de la familia», dice Mónica. «Estamos intentando salir adelante como podemos. Sólo esperamos que toda esta pesadilla quede atrás».

Recuperar el vínculo con su hija

Una de las situaciones más difíciles que tuvo que afrontar Sonia fue la de explicarle a su hija lo que había pasado, sin entrar en detalles que pudieran afectarle emocionalmente. La menor tiene 12 años y había quedado en Río Colorado al cuidado de su padre cuando Sonia viajó a Coronel Suárez.

«Yo intenté hacer las cosas lo más prolijamente posible. Mi nena sabía que me iba un tiempo a estudiar para poder darle un futuro mejor, por eso quedó a cargo de su padre. Pero la idea era que después volviera conmigo y…», Sonia rompe en llanto antes de completar la frase. Cuando logra tranquilizarse, explica que a su hija ahora sólo la ve los fines de semana.

«Todo esto es muy difícil para mí. Todavía me falta mucho para recuperarme y quiero tener una casa propia para poder vivir con mi hija», dice.

La causa, a un paso del juicio oral

Tanto Estefanía Heit como Jesús Olivera están detenidos desde el momento de la denuncia de Sonia Molina, acusados de los delitos de reducción a la servidumbre, estafas reiteradas y lesiones graves. A Olivera se le imputa también el delito de abuso sexual.

La fiscal Maria Marta Corrado, que estaba a cargo de la investigación, renunció para postularse como candidata a diputada por el Frente Renovador (de Sergio Massa). La causa pasó a manos del fiscal Julián Martínez, que solicitó la elevación a juicio. Ahora resta que un juez resuelva el pedido.

Para la defensa de Heit y Olivera, no hay elementos claros que permitan poner a sus defendidos en el banquillo. «La fiscalía hizo una mezcla de pruebas y no está claro cómo conectan esos indicios con los delitos que les imputan», explica Mariano Jara, abogado de Heit. «Sin esas precisiones, se nos dificulta hacer una defensa justa», agrega. Jara anticipó que si se confirma la elevación a juicio presentarán su oposición.

En cuanto a su defendida, contó que «a pesar del trastorno que significa estar privada de la libertad, se mantiene muy activa y está haciendo proyectos para trabajar con los reclusos». Olivera, el esposo de Estefanía, que estaba detenido en la Unidad Penal Nº 19 de Saavedra, fue trasladado al penal de Bahía Blanca «para estar cerca de su mujer, con quien mantiene visitas personales y conyugales», según relató el abogado de Heit.

La defensa de Heit había solicitado el beneficio de la prisión domiciliaria para que la periodista pueda esperar la resolución de la causa en casa de su madre, pero le fue denegado.

Por su parte, Sonia viaja cada tanto a Bahía Blanca para mantenerse al tanto de la causa. Ni ella ni su familia se presentaron como querellantes, por lo que no tienen un abogado que los represente. «Mientras estuvo la fiscal Corrado, pensé que no era necesario porque la causa avanzaba y las cosas parecían estar claras. Pero ahora con el cambio de fiscal no sé qué va a pasar», explica Sonia.

«Los trastornos que tengo que afrontar no se limitan a eso. También sigue abierta la causa en mi contra por estafas que ya expliqué que no cometí», dice. Es que, en una causa aparte, Sonia está acusada de haber cometido estafa en relación a la venta de su casa en Río Colorado. Sobre este punto ella alegó que fue engañada por sus captores.

«Yo nunca engañé a nadie. Me estafaron ellos a mí. Yo les di la plata, confié en ellos. Estefanía era la encargada de todos los trámites. Me dejaron sin dinero y me sometieron a una terrible manipulación psicológica», asegura Sonia.

A casi un año del cautiverio, Sonia se siente más fuerte y quiere que su caso se conozca para que otras personas que sufran los mismos tormentos se animen a denunciarlo. Pasa los días tratando de ocupar su cabeza en el trabajo y proyectando su futuro junto a su familia. Pero sabe que el proceso va a ser largo. «Voy a estar recuperada al cien por ciento cuando pueda hablar de lo sucedido sin quebrarme», admite.

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