Gramsci en las pampas

Benjamín Bernstein era un polaco que había llegado con sus padres a la colonia judía de Médanos escapando de los pogroms que asolaban la vieja Europa. Una tarde, siendo adolescente, abandonó la sinagoga y se hizo comunista, profesión de fe que no abandonó. Medio siglo después, al leer la evocación que hizo Ezequiel Martínez Estrada del Che Guevara al que comparaba con los profetas del Antiguo Testamento, algo lo conmovió. De golpe entendió que haberlo considerado un “aventurero pequeñoburgués”, como lo estipulaba la línea oficial del Partido, era un menoscabo que le impedía ver lo principal: la épica y su contracara, la tragedia. El ansia de redención de la mística judía aún latía en su espíritu de luchador por las causas justas.

Una tarde de conversación en Bahía Blanca me legó un par de libros que atesoro como reliquias de una historia con algo de iniciático: la primera edición argentina de las Cartas de la Cárcel de Gramsci con prólogo de Gregorio Bermann, y el grueso volumen de los Scritti Politici del mismo Gramsci editados por Riunitti en los setenta, ambos encuadernados en rojo. Este último libro había cruzado la cordillera en la mochila de un guerrillero del MIR chileno a quien Benjamín guardó tras el golpe contra Allende. Pero junto con los volúmenes y el relato de su vida militante, medio al pasar, me refirió algo que me hizo dar un respingo. “Poco antes de llegar a Hilario Ascasubi”, dijo, “vivió Amadeo Pagliai, un camarada que era amigo de Gramsci y se carteaba con él”. Al poco tiempo, al morir Benjamín hice el viaje hasta el pueblo y retrocedí unos kilómetros. Solo había una chacrita, en medio de la nada, donde me detuve. Golpeé las manos en la tranquera y un hombre enjuto de sonrisa amable y hablar calmo, con bombachas y boina de paisano, salió a recibirme. Era Oscar, hijo del segundo matrimonio de Amadeo.

Producida la revolución rusa, Italia hervía. En la Turín industrial que protagonizaría las grandes huelgas del período un joven sardo, pequeño, medio jorobado, instaba desde las páginas del Ordine Nuovo a la constitución de los consejos de fábrica: los imaginaba como órganos de poder obrero que replicarían la experiencia de los soviets. Pero por entonces ya las bandas fascistas arreciaban; las detenciones arbitrarias se producían en todo el país instigadas por el inminente Duce. En julio del ‘19, en vísperas de la mayor huelga general del período, Gramsci pasó por la que fue su primera experiencia carcelaria. Su biógrafo, Giuseppe Fiori, recoge un testimonio: “Ví por lo menos a una docena de guardias que rodeaban y escuchaban religiosamente a un hombrecito vestido de oscuro que les hablaba sonriendo. Era Gramsci. En 36 horas, recluido en su celda, había conseguido conquistar, fascinar a numerosos guardias, sardos como él, hablándoles en el dialecto nativo, con aquella manera de hablar simple, popular, pero al mismo tiempo riquísima de sentimientos, de hechos, de ideas. De un guardia a otro se corría la voz: “¿sabes? En la celda tal, hay un hay un sardo, un político, ve a hablar con él…”. En esas horas recibió la visita de su amigo y compañero de lucha, Amadeo Pagliai.

Nacido en 1890 en Acquaviva de Montepulciano, provincia de Siena, en la Toscana, padre por entonces de tres niños pequeños, Amadeo era un campesino mediero que cultivaba las posesiones de una condesa. Llamado a servicio, había combatido durante la Gran Guerra, de donde volvió condecorado y sobre todo reafirmado en sus ideales igualitarios. Se afilió al Partido Socialista y al poco tiempo, merced a su capacidad para organizar a la gente llegó a ser intendente del pueblo, por lo que no tardó en sufrir persecución. Según su hijo Dino “…mi madre, por la angustia que vivía, tuvo un infarto en aquella época. Mi padre estuvo escondido en el monte tres meses, andaba con una cartuchera en la cintura y el fusil al hombro. Venían patotas de muchachotes e insultaban a todos los que no eran fascistas… Una noche aparecieron a las 4 de la mañana y dieron vuelta la cama buscando a mi padre… ”. Producida la Marcha sobre Roma y la toma del poder por Mussolini, con su secuela de proscripción de las izquierdas, acosado y sin empleo Amadei decidió emigrar a la Argentina. En 1923 llegó con su hermano Ottorino y otros compañeros. Pasó un tiempo en Campana trabajando en una lanera y luego en Villa Regina, por entonces una colonia promovida por el propio Mussolini. En 1925 se trasladó a la colonia Juliá y Echarren, que dio origen a la ciudad de Río Colorado, donde pudo hacerse de una chacrita. Las cosas no fueron fáciles. El predio hipotecado obligaba a hacer una economía de guerra. Durante una crecida del río, con el campo inundado, refiere Dino, “nos embargaron lo único que teníamos, 5 chanchos, 30 lechones y los caballos. Mi padre había comprado 20 hectáreas, el título se lo dieron por 10, y ahora sólo le quedaban 2 ó 3; a los chanchos no los podíamos comer porque estaban embargados, cada chancho que se moría lo teníamos que colgar de un árbol e ir al pueblo a hacer la denuncia. Nos fuimos salvando para pucherear porque teníamos colmenas y las llevamos a otra chacra, frente a la actual escuela N° 90, que era campo bruto, donde mi padre compró una hectárea. Con las colmenas se podía vivir…”. Su otro hermano, Oriente, cazaba nutrias en el río; a los cueros, que tenían buen precio en el mercado internacional, los mandaba a un exportador de Buenos Aires. Pero poco a poco pudieron ir arreglando su situación económica y salieron a flote.

Entretanto en Italia una parte del Partido Socialista había adherido a la Internacional y Antonio Gramsci, que durante el “bienio rojo” había animado otros periódicos como el Avanti! y ya se perfilaba como un gran dirigente e intelectual, se convirtió en Secretario General del recién fundado partido Comunista Italiano. Tras un viaje a Moscú donde conoció a Yulka, su esposa, con la que tendría dos hijos y a quien escribirá cartas desesperadas desde la cárcel, fue electo diputado. Y, pese a la inmunidad parlamentaria, en 1926 fue preso hasta su muerte en abril del ‘37. Durante esos once años produjo una trama de textos que revolucionarán el pensamiento del siglo y que conocemos bajo el formato de sus Cartas y sus Quaderni dal Carcere.

Ubicada estratégicamente cerca de la desembocadura del Río Colorado, al sur de la Provincia de Buenos Aires, la colonia Juliá y Echarren estaba conformada por anarquistas exiliados, como su fundador, el catalán Lorenzo Juliá, algunos militantes escapados de las matanzas de la Patagonia que narrara Osvaldo Bayer y otros de la experiencia ácrata de La Pampa nucleada en torno al periódico Pampa Libre. También había personajes como Pedro Ferreyra, el indio que había peleado en la guerra de los boers. O como Ilio y Dino, adeptos al ideario anárquico, hijos de Amadeo. (Su otro hijo, Oriente, era socialista). Entre ellos militaba un hombre apellidado Kirov, sobreviviente de las matanzas de Kronstadt, que se había traído como único recuerdo de su Rusia natal un aristón, el primer aparato de reproducción musical inventado en épocas del Zar Nicolás, que vi oxidándose en un patio. Pero también campeaban socialistas y comunistas, como las familias Cabenco, que junto a los Sorbellini, anarquistas, fueron retratados en una fotografía, puño en alto, conmemorando un 1º de Mayo. Con los años Amadeo Pagliai sería el fundador de la Cooperativa de Productores del Río Colorado, que dará prosperidad a la zona. Basada en la producción fruti-hortícola, melera y vitivinícola, comenzó su auge económico cuando durante el peronismo accedieron a créditos bancarios. El antiguo páramo se transformó en un vergel que abastecía el mercado interno y hasta llegó a desarrollar una importante actividad de exportación.

Amadeo era masón y naturista; fiel a sus convicciones militó en el Partido Comunista y alguna vez llegó a ser candidato en las elecciones locales. Trabajador incansable, se levantaba a las 4.30 de la mañana para respirar el aire puro del campo: vivió 93 años. Resguardada en unos muebles desvencijados, su biblioteca constaba de decenas de libros versados en aquellos temas. Por años guardó entre sus papeles aquel tesoro que Benjamín Bernstein alcanzó a conocer y que motiva esta nota. Efectivamente, durante su encarcelamiento Gramsci cruzó con él seis cartas que fueron el orgullo de la familia; cada tanto Amadeo se las leía a sus hijos Oscar e Hilda en voz alta. En ellas se trataban de “hermano” e intercambiaban información sobre la situación italiana, las violencias del fascismo, y la vida promisoria en Argentina. Cuando le pregunté a Oscar por aquellas cartas, me contó que venían acompañadas con un dibujo de ambos hecho por otro preso, que llamó su atención de niño: “Gramsci usaba anteojos y era petisito y con el pelo enrulado, no?” Pero esas cartas, la únicas existentes en Argentina del gran teórico del marxismo, cuya estela en la renovación del pensamiento aún no cesa, están desaparecidas. Pues en la época de la dictadura de Levingston, como en tantas otras ocasiones, el Ejército anduvo rastrillando los campos en busca de Amadeo. Avisado de que iban requisando la literatura sospechosa de subversión, decidió envolverlas en plástico y enterrarlas en algún lugar, que, pasado el tiempo, ya no pudo encontrar.

Una antigua tradición judía prescribe inhumar a los muertos con la Torá; esos libros sepultados son la garantía de la fe más allá de la vida. Las cartas garrapateadas por Antonio Gramsci desde la prisión que cruzaron el Atlántico en los duros años del fascismo y hoy yacen enterradas en algún lugar de las pampas argentinas, son una promesa de sublevación del subsuelo de la patria ante las injusticias. 

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